domingo, 14 de abril de 2019

Londres for five (antes de que se me olvide)

Antes de que el tiempo me borre a soplidos todos los recuerdos inmediatos, me gustaría contar aquí lo que ha sido Londres para cinco personas, algunas más ávidas que otras, de experiencias y monumentos. Diré que a la habitual masificación de los aeropuertos se le puede quitar el ácido sabor de las soledades  a golpe de rojo y gris, en cuanto llegas al hotel y te asomas  a una ventana sobre la que se inclina  Europa, una  Europa inventada por ingleses que de perfecta cena temprano y mantiene unas calles impolutas, sin embargo también respira en ella la vieja Londinium destruida mil veces a fuego y epidemias, levantada otras tantas y rodeada de orgullo.
Qué son las ciudades sin su orgullo, qué es Londres sin el entusiasmo de los londinenses, (y son londinenses el conductor sudamericano que nos recogió del aeropuerto, el chico negro con facciones hindúes pero con un toque de afroamericano que nos llevó a Luton, el italiano friki  de la trattoria Verdi que ofreció trabajo a mi hija dentro de tres años,( que debe acogerse a algún plan de empleo juvenil por períodos de dos meses según explicó), la señora que me vendió los Cadburys el último día y que me dijo (según me explicó Selene porque yo hablo inglés y entiendo hasta que cogen carrerilla, pierdo el hilo y ya no sé dónde lo tengo)que su abuela metía chocolate casero en esas preciosas cajas moradas, lo cual era un motivo de frustración, jejeje, y también es londinense el francés talludito que vendía los tickets del bus turístico, y los camareros rubios de la pizzería y el gordo que se bajó con un chaquetón de pieles y un sombrero que parecía un  Bumbury de Botero en la puerta de un restaurante distinguido en el no menos distinguido barrio de Chelsea, y la camarera del Pret a manger que me habló en español y el recepcionista que se llamaba José Rafael y la camarera de piso de acento latino, y también por supuesto es londinense la señora muy mayor que llevaba un abrigo verde entallado y unos zapatos de elfo que parecían de madera en el parque de Saint James una tarde en la que soplaba un viento frío y el helicóptero de la policía no hacía más que sobrevolar Waterloo, y los animadores de la juguetería Hammleys y la amable chica del  Sacred que dijo un par de frases en español para animarme con mi torpe inglés y nos encandiló con una tetera rellena de gin tonic para dos, esto último fue en el Soho, muy cerca de Carnaby).
Todos esos londinenses, tanto los de nacimiento como los que no, forman un mosaico que a los que nos gustan los contrastes ofrece un paisaje atractivo hasta el punto de enamorar.
Así como sus cielos grises, sus jardines por todas partes, su imperio del ladrillo visto y la escalinata tras la cual sueñas un gato inglés (a veces he pensado que todos los gatos del mundo son ingleses, esa forma de ir a lo suyo, esa elegancia fría) y una vida cotidiana con la que me siento identificada, aunque es muy difícil saber si te identificas con algo que has absorbido en miles de novelas y películas o simplemente ya estaba ahí de antes como parte de tu esencia, como las influencias que te han ido educando en la vida sin que apenas te des cuenta, los personajes de Jane Austen, Sherlock Holmes,lady Chatterley, Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan volando sobre el Big Ben, el teatro de Shakespeare, el tiempo atmosférico de Cumbres Borrascosas, las series de libros de Enyd Blyton, y las de televisión de los ochenta que veía los viernes por la tarde, la fantasía de Harry Potter , las chorradas de Notting Hill y los retratos sarcásticos de Little Britain, y qué decir de la música, Mercury, George Michael, Amy Winehouse, y es que hay lugares en el mapa en el que como nos dijo el italiano entre aspavientos, Londres es así, es de todos los que llegan, es de todos sí, pero es de ellos, de un parlamento viejo y orgulloso que puede verse desde el Támesis, aunque también es el puente de Westminster sobre el que se desparrama una siniestra mafia de trileros, y aquellos otros que duermen en cabinas abandonadas, ocultos en el centro de una montaña de edredones, o las víctimas del alcoholismo que se adueñan de esquinitas bajo el ilustre London  Bridge, donde puedes comer lo que quieras a casi cualquier hora del día, y las murallas por las que escapó el clérigo español saltando sobre una barca para escapar de las mazmorras( en esa zona se puede ver una catapulta todavía, y es tan medieval que me encantó), y por último mencionaré el barrio de Bloomsbury ,donde estaba nuestro hotel,y el Soho, para el que no tengo palabras por el color, olor y carisma.
Tan sólo puedo decir que volveré, porque me ha faltado adentrarme en alguna ruta literaria y algún episodio de alcoholismo leve(al no poder tomar cerveza la cosa del vino se ha reducido bastante, por no decir totalmente, ya que en la mayoría de los sitios sólo se puede pedir botella o media botella y no era plan), así como conocer Bath, la ciudad donde el grupo de música de mi juventud inició sus andanzas y a la que se puede llegar con excursión pactada desde el mismo hotel, un motivo más que suficiente para volver a creer que es posible el milagro de cambiar de vida y de mundo por unos días, que es exactamente en lo que consiste viajar a lugares que una siempre ha extrañado, no se sabe por qué motivo ni razón.
Este pato se escapó de un cuento, y era muy orgulloso; estaba quieto en esa postura con el cuello muy tieso y dando la espalda a los turistas. En las  otras fotos, el puente de Londres, servidora y un poco de añoranza postal.

2 comentarios:

Isabel dijo...

Ese crisol de gentes que describes tan bien me encantó cuando lo visité. Pero ese gris...
Tengo una sobrina que sólo aguantó tres años allí.
Me alegra hayas disfrutado. Besos.

Elvira dijo...

Me alegra que hayas disfrutado de tu viaje. Bath es muy bonita, pero la visité un domingo y estaba muy muerta, con las calles semidesiertas.

Un beso

Tú, a limpiar

Caía la tarde en la calle que ninguna culpa tiene de ser tan cutre, de arrastrar esa deprimente humedad de siglos, y a través de ella entré ...