jueves, 22 de febrero de 2018

Casa Melancolía (Martes)

Llamé a casa Melancolía después de una sesión de mindfulness, una corriente de conocimiento muy de moda en la que aprendemos a parar el pensamiento y si eso no se puede, (que no se puede), al menos parar la vida haciendo trampas, como si un caballo de carrusel aprende dónde está el interruptor que lo detiene todo, aunque no pueda borrar el destino maldito de girar y girar hasta el fin.
Si podemos parar el carrusel, el caballo triste podrá al menos admirar el paisaje, y sentirse algo menos triste, hasta que un día acepte que las cosas son como son y que a pesar de todo tiene un pelaje hermoso, alegres colores y una vida que pasará como todo pasa, y en el transcurso de las vueltas y vueltas quizá poder llegar a sentirse un caballo de verdad.
Entonces el soporte giratorio podrá tener visos de prado verde, las crines pintadas parecerán moverse con el viento, la música enlatada adquirirá un cierto eco de relincho salvaje, auténticos Mustang trotando libres, aunque al abrir los ojos nada haya cambiado y sin embargo habrá cambiado todo.
Por probar, al bajar del carrusel llamé como siempre a casa Melancolía.
Quería sentir la congoja de todo lo perdido, la nostalgia de las cosas que ya no son, el miedo incluso por lo que un día no será.
A veces nos gusta perder la paz abriendo los ojos en la oscuridad para escuchar a nuestros muertos, que eran vivos como nosotros, recordar las conversaciones, las esperanzas, los afanes, volver a estar en las habitaciones que desintegró el tiempo, y sentir esa puñalada de dolor como forma de estar vivo.
Echando de menos mis visitas al pasado, llamé en la tarde del martes a la casa Melancolía.
Pero sabéis qué??
El timbre se había roto.

Tempus fugit (Lunes)




Cuando se dio la vuelta, vio que Mayo había terminado.
Con las primeras luces del alba del primer día de Abril había decidido escribir cada día en un pañuelo el verso favorito de Víctor, que se había ido al otro barrio sin avisar dejándola sumida en una estupefacción un tanto verde, difícil de asimilar, como si se hubiera quebrado una rama preciosa que creyó indestructible.
Era sólo un amigo, el amigo que veía en el bar muchas tardes, un compañero con el que criticar a otros, un rayo de bondad sincera bajo una capa de sarcasmo, un montón de adjetivos como cuentas de colores, y de repente enfermó y murió, como siempre ocurre en la vida, sin remedio y sin previo aviso, y lamentó mucho no haberle dicho ciertas cosas de ésas que nunca se dicen.
Natalia y Víctor, Víctor y Natalia, se habían pasado la vida en el refugio de sus ideas, protegidos de las locuras del mundo por los libros y las cervezas y los cafés de media tarde, lejos de la violencia de los primates pero también lejos de la pasión, y resulta que ella aquel día de Abril la echó de menos, echó de menos la rama que acababa de quebrarse, echó de menos haber sido más desordenada, echó de menos ser un primate porque en ese caso no habría tenido nada que lamentar.
Para paliar ese dolor decidió lo de los pañuelos, cuando estuvieran escritos todos los echaría a volar desde el faro del Rompido, donde algún que otro fin de semana habían estado juntos paseando por la arena desnuda de una playa sin agua, allí era todo de color caramelo, recordaba, aunque él hablara de su ex más reciente y ella de su marido hierático que volvía a estar de viaje y se abrigaran los dos con las vestiduras de una falsa amistad, porque quizá era amor maquillado, qué más daba si las conversaciones duraron años y los abrazos también, y las palabras.
En ese sentido tener un amigo es como quedarse en la adolescencia para siempre, y eso es lo que Natalia había perdido; se prometió por lo tanto el homenaje, y empezó escribiendo versos sueltos y luego trozos de poemas, pero le entró una notificación de Facebook y el pañuelo se le cayó de las manos, sólo es un momento, pensó, enseguida vuelvo.
Luego reclamó su atención una foto de una amiga en Instagram y se puso a navegar por mundos de gente muy diferente a ella pero con mucho arte, y volvió a Facebook donde estaban disponibles los últimos poemas de otro amigo, tres artículos sobre el enfoque con el que podemos afrontar la vida, las noticias más recientes del panorama político y un par de vídeos virales, uno de ellos de maltrato animal que por supuesto evitó, y cuando se dio cuenta había pasado la mitad del tiempo que creyó necesario para superar la pérdida de Víctor.
A finales de Mayo, la idea de los pañuelos se había quedado colgada de una percha, en forma de pequeñas sábanas blancas  sin ningún mensaje escrito en ellas.
Quién necesita rituales funerarios cuando hay redes sociales.
Sin embargo, al otro lado de la orilla, Víctor esperaba pacientemente los pañuelos que el mismísimo Caronte le había prometido irle entregando, Guadalquivir arriba, Guadalquivir abajo, cada vez que la dulce Natalia arrojara un verso.
Los que mueren pueden oír las promesas susurradas o sollozadas, pueden anotarlas, pueden esperarlas, pueden creerlas, al fin y al cabo los que se van también pueden echar de menos.
Quién ha dicho que no.



domingo, 18 de febrero de 2018

La paciente María Dolores

La paciente María Dolores, de cuarenta y siete años, nacida en la provincia de Santas Cumbres Amorfas, más allá de la línea del meridiano,( justo en la cabaña de sus padres, que podía verse en los atlas hasta 1997, y que luego desapareció con el último de los grandes ciclones que periódicamente barren a los pobres) , ingresó en el hospital licenciado Verdún siendo las catorce horas del día de gracia de santa Agripina, con fuertes dolores de vientre y sin que hubiera habido comilonas previas ni en la casa ni en el vecindario.
Siendo sometida a rápida intervención quirúrgica, se le extraen de la cavidad estomacal dos kilos de pelo humano enrollado graciosamente en una especie de muñeca que podría perfectamente simular extremidades y cabecita, pero que en absoluto era un feto.
Analizado el material extraído, se llega a la conclusión de que durante treinta años la paciente María Dolores, que confiesa ganarse la vida en el puerto y en los arrabales, ha ido acumulando pelo de aquellas operaciones de amor oral en las que el sujeto le despertó algo de amor antes de la mamada.
Era por esto que enseguida la paciente supo identificar, por el color o el tipo de rizo, a los dueños de los manojitos y sorprendió al equipo médico con una lista de nombres hasta completar al menos el número necesario para crear un equipo de fútbol.
Actualmente el muñeco de pelo púbico, ya deshecho y desinfectado, se encuentra expuesto en el museo de Ciencias de Santas Cumbres, como curiosidad para la comunidad científica, quien ganó el pleito contra la asociación de mujeres Libertarias, que desearon para sí el manojo como símbolo del mucho amor mal pagado que las mujeres suelen derrochar a lo largo de la vida.
Finalmente el juez consideró que primaba el interés científico por encima de burdos sentimentalismos simbólicos, y por esto se ganó el pleito por parte de la facultad de Medicina.
En cuanto a María Dolores, después del susto, se retiró de la vida pública gracias al dinerillo que hizo concediendo entrevistas, ya recuperada, en su casita humilde con televisor y fiel gato y no volvió a amar a ningún cenutrio  más hasta su muerte en el cálido verano de 2002, justo en el momento en el que Patricio Azas, uno de los dueños de pelo rescatado, entraba en su jardín con el firme propósito de pedirle matrimonio, después de haberlo reflexionado mucho.
"Anda y que te den por el culo", pareció decir el gato fiel de María Dolores, al verlo entrar en la casa con un ramo de magnolias que debieron haberle costado dos pensiones de manutención de sus hijos y tres cuartos de la paga de julio.
Por lo menos.

Para Ekai (entrada del sábado 17 de febrero de 2018)




Querida cosita adolescente, y disculpa la cursilería, pero desde el viernes he pensado en ti muchas veces, hasta he buscado más culpables de los que proponen los titulares, no es posible que sólo el conflicto de género sea el causante de tu suicidio( como si no fuera bastante, pero al tener adolescentes sensibles en el perímetro me doy cuenta de que no es sólo eso, o que podría no ser sólo eso, ya que la búsqueda, la identidad a esa edad es una sombra huidiza que abarca muchas cosas), he inventado para ti un mundo amable, donde los padres con una sonrisa un tanto bizarra sean capaces de abrazarte y decirte anda ya, quédate aquí que la vida es hermosa aunque ahora no lo veas, un colega que mientras se cala una gorra hasta las orejas sea capaz de arrastrar los corazones jóvenes hacia la vida sin tener que abanderar una secta o un colegio, sólo porque sí, un capitán valiente que fuera capaz de marinear buscando el viento a favor y no en contra, para que la gente como tú vea claro que no hay dramas si uno no quiere, que los lerdos se van a quedar lerdos  y hacen daño a los diferentes (ésa es la historia del mundo),porque se aburren , porque están ciegos, porque no ven, porque tienen un alma pequeña como unos zapatos de menos talla, los pies de la ignorancia y el maltrato son siempre demasiado grandes, la huella miserable suele ser más sonora que la de la bondad, pero no importa Ekai, hay que seguir, porque siempre llega un punto en la vida en la que uno florece y vuelve la vista atrás con una sonrisa amarga, y el ruido gorilero ya no tiene el poder de encoger el corazón, sabes Ekai?  En mi juventud hubo un par de jóvenes suicidas y con ellos he hablado a  menudo a través de las páginas de mi calendario y los he visto ahí, tan bonitos como ya para siempre vas a ser tú, en su columpio de flores eternas sobre prados verdes que ningún zapatazo podrá mancillar, pero también me ha parecido que lamentaban haberse bajado antes, hay tantas dulces venganzas que se han perdido, tantas copas de vino y tantos besos, no hay derecho Ekai,no sé cómo ponerle nombre a esto, es un país que trata de asimilar  que se rompan las casillas, quizá la cosiedad quiera seguir poniendo nombre sólo en dos colores a la gente, quizá sigan mandando los obispos, quizá tu destino era ése, quizá hubo más cosas, quizá en el acantilado triste a donde van a tirarse los adolescentes que simplemente no son aceptados  o que creen que jamás encontrarán su sitio, queridísimo Ekai, pensar que yo también fui tan vulnerable, y luego no cambio ni uno solo de mis días vividos por torpes o miserables que hayan sido, y después de un colegio de curas llegaron besos y amores y paradas de bus y fuentes de agua clara en la provincia de Cádiz, y amaneceres canarios y miles de libros y gente amable, gente a la que no le importa lo que se lleva entre las piernas, gente que es mar azul y a la que le hubiera gustado estar contigo, con un poco más de tiempo y paciencia.
Quizá necesitamos víctimas en este sistema estabulado, pero me niego en redondo a que tengan que ser precisamente los que se están buscando a sí mismos, los que reclaman apoyo en las edades difíciles, los que se quedan solos mientras el resto se queda mirando ciego y sordo y mudo hasta que llega el carro de las lamentaciones, que es una especie de carretón pesado por el que asoman pies y manos de cadáveres como en las putas guerras que el humano no deja de inventar.
Sigo inventando para ti un mundo amable, donde recién salido de la infancia un joven encuentre oídos que lo escuchen y ojos que lo miren con amor y brazos que lo acojan.
Te esperaban tantos besos y tantas copas de vino, Ekai,dulzuras que con quince o dieciséis años ni siquiera sabe uno que existen, y que acaban por llegar, ojalá hubieras podido esperar un poco, quizá otra tarde, una noche más, un ratito sólo para poder beberte la vida.

viernes, 16 de febrero de 2018

Anima mundi

Como  los perros, todo está bien.
Incluso si poniendo lavadoras se te va la mano con el vermú y te clavas algo dentro de la cesta de la ropa sucia y te sangra el dedo, te lo chupas y sigues, porque tienes casi cuarenta y nueve años y te da lo mismo ocho que ochenta porque ya has entendido si no todo muchas cosas, entre ellas la de que todo está bien.
Son pistas que te da el guionista y que si no eres ciego ni tonto ni racionalista extremo (que te dén Eisnstein que sepas que estás siendo malinterpretado como todos) te sirven para declamar la alegría del misterio de la vida, de ésta y de otras, que son como puertas y que sí, que hay cosas raras en estos saquitos de piel muerta y escamas emocionales que somos los humanos, que lo sé yo que sólo soy una trucha sin truco, un pez de río que siempre quiso ser de mar azul, salvaje de océano pero que sin embargo se come las migas de la piscifactoría.
Esta mañana debo contar que durante una revisión oftalmológica de mi desastroso y talentoso legado descendiente, he vuelto a saborear lo insólito, y es que aunque yo tenga la habilidad (por decir algo) de hablar con todo el mundo, y por añadidura conseguir que me cuenten cosas, incluso cuando no me apetece oírlas, de repente me he encontrado contemplando una realidad muy de libro de cuentos, muy de otra dimensión, muy de noticias de más allá de los muros del convento,
Al hablar con el médico de la vista que ve a la princess desde pequeña y decirle que fue él el que le dijo la primera vez que "no tenía nariz para sujetar gafas", y por lo tanto apelar a lo entrañable de la situación, he aquí que el médico, humano al fin, se explaya y nos cuenta que ve crecer a los niños demasiado deprisa, que está empezando a ver a los nietos de ciertos pacientes, y cuando filosofamos sobre el sentido de la vida desembocamos sin remedio en el materialismo y el egoísmo de la cosiedad actual y de ahí a los extremos, y en los extremos nos damos de bruces con la lista de espera de las hermanas de la cruz de Sevilla.
Sí, querida audiencia, me refiero a esa orden cuya adalid es la monjita que puede verse en piedra en la Encarnación, en pleno centro de la ciudad, y cuyo mayor milagro conocido es precisamente la fuerza de la vocación con la que llama a gente a seguir una vida de sacrificio y pobreza.
Me ha contado el hombre que así como existe el extremo egoísta, en el otro lado del cordel está la entrega excesiva con la que muchas mujeres de hoy, algunas  ingenieras y notarias ( no es una exageración) engrosan la lista de espera para ingresar en la orden, cuyo noviciado es tan duro como la infancia en Esparta.
Y sin embargo sólo abandona una de cada diez.
Duermen en el suelo, rechazan "privilegios" como un simple caldo de puchero cuando enferman, están disponibles para quitar mierda a los viejos pobres y apagan su último cigarro justo antes de entrar para no volver nunca jamás, incluso chicas que podrían competir con modelos de pasarela; supongo que lo hacen porque este sistema de mierda no ofrece absolutamente nada a las almas sensibles.
Que ni todo el oropel del mundo podría compensar de la existencia a quien ha decidido no aceptarlo o no encontrar placer en ello.
No he sabido qué decir, yo que pienso y mi princess también, que esto es como lo de las sectas, que finalmente persiguen la abducción del individuo, su disolución en un proyecto más importante y más grande, que cuando entregas tu vida a otros es porque no te han dado nada que te sirva a este lado de la peli, que quien tiene hambre y sed de justicia necesita retos gordos para encontrarle sentido a esta carrera y quien no sirve para enfermar o cargar los hombros de los demás o quien no quiere asumir cegueras estériles, léase patrias o equipos de  fútbol, ha de inmolarse en algo grande y autodestructivo como un escupitajo al mundo carnal.
Anima mundi, nos decían en los textos con los que intentamos tantear la naturaleza de lo que nos rodea, ciegos y sordos en las cavernas , y en muchos sentidos así seguimos, como si no tuviéramos móviles ni ordenadores ni globos aerostáticos ni falsos misterios.
Ninguno como el nuestro propio.
Ese centro de poder y sufrimiento que llamamos alma, y que tantos siguen intentando vender como un saco de huesos y piel y escamas de emoción con precio, fecha y caducidad.
Hoy sé que como un perro, soy inocente, mis ojos ven lo que ven y no ven más nada.
Pero intuir intuyen tanto que no tengo nombre para tanto ni sé cómo se mide.
Y como le dije al oftalmólogo antes de irme, lo que parece claro es que hay más vidas, y en todas debe haber un propósito y un tronco del que salir y al que volver.
Con permiso de la estadística y la ciencia fría como la barriga de un cerdo, que siempre es inocente por defecto, me quito el sombrero ante todas las cosas que no entiendo.
Y por no entender no entiendo ni cómo funciona un arco iris.
Una bombilla.
Un bebé que crece callado en el vientre de una madre yonki.
Un cachorro que lucha por su vida en una cuneta oscura.
La maldad gratuita del ser humano.
La bondad extrema.
El sadismo al que solemos entregarnos.
No entiendo nada de nada.
Cada vez menos, pero mientras tanto escribiré aquí, porque vivo una vida equivocada , pero he de perdonarme por ello.
Nos vemos en los próximos veintiún días.
Empieza un nuevo reto.
Hasta mañana , querida, invisible y seguramente inexistente audiencia.



lunes, 29 de enero de 2018

La dulce muerte

Lo he vuelto a hacer, he buscado el shock  por temperatura a conciencia, como esos desgraciados que se arrojan a las fauces de la destrucción en las noches agrias de sexo y discoteca, donde la gente busca veladas de sexo sin recuerdos y aventuras con sabor a vómito. En mi caso siempre busco el sonido de mi corazón, que se redobla como un caballito por un prado verde, un caballito al que hubieran prometido la libertad sólo durante el tiempo de una jornada de luz en el cielo, esto es, serás libre si antes de que caiga la noche consigues llegar a la linde de aquel bosque, y el caballito se lo cree sin saber que el bosque es el horizonte.
El caballito no sabe que ni poderosos corceles han conseguido jamás lo que él desea, pero como es inocente lo persigue y nunca dejará de luchar.
Es hermoso sentirlo dentro del pecho,  después de sumergir mi cuerpo en agua muy caliente lo consigo y empezamos a trotar, me tiendo en la cama mientras suena música clásica (las folías barrocas me gustan mucho para este momento) y me siento una mujer de otro tiempo, aunque en otro tiempo las mujeres de clase trabajadora no podían darse estos lujos, de hecho seguramente mi propia abuela lo hizo poco, lo de sumergirse en agua muy caliente con espuma de naranjas blancas y canela en polvo y abandonarse a la dulce muerte que ausenta todo lo cotidiano y lo hace desaparecer.
A veces tengo tanta calor y la tensión tan baja que busco la salida del baño perseguida por unas manos de vapor de agua y no tengo fuerzas ni para coger una toalla, el corazón me sacude entera, lo noto incluso en los glúteos, en las rodillas, en la espalda y el cuello y entonces soy un ser vivo dentro de una cáscara demasiado caliente, ahí tumbada sobre la cama, todavía húmeda y palpitante.
Sólo hace falta una toalla por encima y una pierna flexionada para convertirse en otra persona, alguien mucho más simple o quizá mucho más complejo, una modelo para un cuadro, un bodegón, una manzana madura que comienza a ajarse, una cesta con cañas rotas, un amor abandonado, o quizá algo más ajeno todavía, algo como la luna atrapada en papel celofán, que no era papel sino una nube translúcida que tapaba su redonda placidez, exactamente igual que un amante celoso hubiera tapado la boca de un imprudente objeto de deseo para evitar que se deslengüe calle abajo y la pongan verde sólo por ser libre.
Lo he vuelto a hacer, buscarme un shock por temperatura alta, para recomponer alma y cuerpo como si al cocerme pudiera olvidar tantas palabras que no dije ni me dijeron, las noches sin dormir de mi pavorosa juventud, tan desbaratada y enamorada de cosas que hacían daño,las cosas que no haré, las viviendas matrimoniales que no me pertenecen , los esponsales que no se celebraron, los anillos perdidos en la boca del monstruo, las horquillas de las mujeres muertas que  partieron en barcas azules, la inmensa nostalgia de los días de invierno , las voces de los abuelos, el  cronómetro de mi esterilidad, ese bosque agitado de mi caja ovárica que se está abrazando al estómago y lo ahoga para que siga en desacuerdo con la vida estabulada, los teléfonos que ya no suenan y los rincones de todas las habitaciones en las que he vivido.
Lo he vuelto a hacer, mi pequeña y dulce muerte fabricada, que me mira desde la ventana azul de los deseos, que sabe que en el año nuevo de la nueva era habrá que sacar la chistera de maga para volver a inventar conejos y palomas que tengan otra edad y otras tardes y otra forma de contarse el cuento de la vida.

domingo, 21 de enero de 2018

El cuerpo

Llega un momento en que el cuerpo se cansa de ti, que no es al revés ,no se confundan.
La carcasa sagrada que recibimos como regalo al nacer para contener nuestros pensamientos y emociones, la cuna salvaje en la que recibiremos todos los palos que el mundo nos tiene preparados para curtirnos y hacernos fuertes, la bolsa de golosinas con que intentaremos agasajar a ese mundo y seducirlo para que no nos haga demasiado daño.
Al fin y al cabo, qué quiere un niño o una niña? Ser amado, aceptado, ser lo mejor de todo lo que ha existido, que lo abracen y le hagan sentir que vino para ocupar un corazón al menos y no una casa o un calendario.
Con ese vestido nos echamos a rodar y crecemos y jugamos y aprendemos a llorar y a poner cara de póquer y a sentir también como seres inventados, a veces encontramos que hubo una voluntad de hacernos y a veces no, a veces sabemos con certeza que somos fruto de la casualidad o la costumbre.
Qué raro pensar en el misterio de tantas cosas, y cómo el bien y el mal son tan a menudo pétalos de una misma flor hasta que cumplimos años y empezamos a encaminar esfuerzos o voluntad hacia uno de los lados.
Para muchos vale más un atardecer rosado que muchas noches de farra , o el juego del aire con las hojas secas del patio más interés que tres horas de charla inútil , y así un día acaba por llegar en que el cuerpo se cansa de una y no una del cuerpo , como siempre creímos porque tenemos tendencia a la soberbia.
Como si fuéramos dueños de algo en todito el tiempo que andamos por aquí.

Casa Melancolía (Martes)

Llamé a casa Melancolía después de una sesión de mindfulness, una corriente de conocimiento muy de moda en la que aprendemos a parar el pens...