miércoles, 5 de septiembre de 2018

Carta a una dulce niña cansada de esperar

En las estaciones, en los muelles, en los cuartos apenas iluminados de las posguerras, en los pasillos del instituto, en las antesalas de los dentistas, en las entrevistas de trabajo, esperamos, esperamos, esperamos que los dioses nos elijan de entre un montón de posibilidades, amenazadoras y crueles como parecen siempre las cartas de las barajas ajenas.
Que yo sé mucho de esperas porque he pospuesto mi vida desde casi la escuela primaria, entregando mi inocencia a frailes que podían conceder el milagro de aprobar un examen flojo, y luego a pequeñas vírgenes escondidas en cuevas que obraban  la maravilla de traer el amor hasta la orilla, sin olvidar a aquel Cristo polvoriento que vivía en la capilla de un cortijo y al que me aficioné en mis mañanas de viajes por el Aljarafe sevillano, dentro había una atmósfera pesada y amarilla y parecía mentira que allí se pudieran obrar milagros, pero a juzgar por los exvotos y chupetes de plata estaba claro que sí, que es posible, porque donde está la fe está el poder, y de allí, de entre las manos de ese Jesús un tanto ajado salía mucha felicidad humana.
Del huevo de la tendencia a pensar demasiado salí yo, y con pasos torpes fui a hablar con él porque necesitaba amor, en aquellos meses el amor de alguien que no quería amarme, al menos no a mi manera, que eso es una cosa que se nota enseguida, cuando la ropa que te presenta el destino no es de tu talla, eso se sabe, pero joder, esa chaqueta es tan bonita, me hace sentir tan bien, que ojalá pudiera  servirme.
En aquel caso era un pequeño jardín de las delicias, un patio con algo parecido a una fuente que brillaba con el sol, ya no lo recuerdo muy bien, una sensación de hogar  absolutamente efímero pero apasionante, al fin y al cabo qué son los besos sino una especie de hogar, sobre todo cuando una está hasta las raquetas de ser un alma errante.
Pero qué va; a veces la fe no es suficiente, porque la chaqueta aprieta en los codos, se queda ridícula en momentos importantes, se convierte en un trapo patético cuando una espera otra cosa, y me he preguntado muchas veces, durante ese proceso de aceptación, si podría ser cuestión de tiempo, una vez más, así como todo termina encajando en su sombra con el paso de los años, si se trata de sentarse a esperar a ver cómo caen las hojas de los árboles, sin estresarse haciendo preguntas a una misma y a otros hasta que al final la madeja se enreda y vuelve el dolor.
Cuánto mejor no será  eso que enfadarse con la casa pequeña, el novio olvidadizo, la hija pasota, el trabajo granujiento como un papel de estraza que me va lijando las ilusiones en cada amanecer, los huesos de color violeta de la cierta edad (tan incierta por otra parte),la tristeza de Septiembre con sus despeluques emocionales( cuántas veces me has engañado, Septiembre, porque siempre llueve y esa lluvia promete cosas nuevas),la perra desobediente que me deja tirada al borde del barranco y se come una mierda tan ricamente, mientras grito y le tiro piedras y se limita a mirarme para enseguida seguir con su asqueante experiencia.
Yo también esperaba que fuera más inteligente, la perra, y que hubiera querido evitar la coprofagia frente a mis amenazas y mi desesperación; pero esperar cosas que los demás seres vivos no están dotados para dar no es una buena opción.
Puedes estar agotada, tontorrona, deseosa de lluvia y abrazos, clamando por el derecho a saciar todo eso, pero por mucho que los besos sean el  único hogar que tienes ahora mismo, si no tiene que ser, no será.
No hay mala intención, sólo es incapacidad, porque las orquídeas no tienen patas y los pulpos no son aficionados a leer novelas, así que no hacen footing ni frecuentan bibliotecas.
No te enfades con ellos, dulce niña; no pueden evitar ser como son, pero también son bellos, no me digas que un pulpo no es una criatura increíble y las orquídeas no son preciosas.
La buena noticia es ésa, y otra más es que al igual que tú ya no quieres esperar más, en este momento hay alguien que busca entre las flores la más rara, un explorador que está hasta los huevos de ser un alma errante y que desea por encima de todo convertir en hogar el pequeño paraíso de unos besos,  y quizá  ése y sólo ése sea lo bastante bueno para ti, si se lo permites.
Ya sabes que la fe es la fuente de todo poder, y aunque no creas en cuentos de hadas, ya creeré yo por ti, al fin y al cabo también lucho cada día para conservar la fe que a veces parece una sardina en aceite y otras una rosa resplandeciente (las menos, pero ahí está).
Creo en pulpos y en orquídeas, y creo en los soles y en los cielos que me hicieron enamorarme aquella vez no correspondida, cuando bajando del montecillo una soberbia puesta de sol coronó de luz todas las redondeces de las nubes, como él me colmaba a mí o yo me lo inventaba, y llamé por teléfono como si fuera Stevie Wonder rancio , con cualquier excusa para hablar de chorradas cuando en realidad quería contarle tan sólo lo bonito que estaba el cielo aquella tarde al salir de su casa.
Fue uno de esos instantes de ridículo, con mi camisa de amor casi atrapándome la glotis me di cuenta de que nunca sería el edén más que un pasatiempo, que es justo lo que son los juegos hasta que empiezan a doler.
Y luego todo floreció en otros caminos y otras puestas de sol, cuando ya no lo esperaba.
Por eso cuando tengas la tentación de esperar demasiado, lo mejor  es sentarse y ver caer las hojas, que son tan bonitas y se han muerto ya como si tal cosa porque eso es lo que tienen que hacer, llenar el viento con sus besos crujientes y alfombrar las aceras de una muerte que no parece muerte sino renovación y esperanza.



https://youtu.be/Z7pAhNumuvo?list=RDZ7pAhNumuvo

domingo, 2 de septiembre de 2018

La paz

Es domingo y quiero renunciar a todo, se dijo.
Su cuerpo se negaba a adelgazar  después de tantos años de maltrato, que te den por culo, si me das te lo multiplico y si no quieres no me des, imagina que soy como una flor que recibe agua y no quiere secarse, si alguna vez quieres secarla tendrás que reducir la cantidad hasta casi matarla, y entonces según tú lucirá más bonita, dijo el cuerpo.
Y ante tal radicalidad, no pudo más que quedarse callada.
Sí, como las hojas de los libros, que se multiplican si alguien las escribe, si no hay atención nada puede crecer ni prosperar, esto lo sabe hasta el viento del norte, que está perfectamente diseñado.
La pregunta para hoy es si conviene más cerrar los ojos o abrirlos.
Darse cuenta de la realidad que tomamos por buena o ignorar tantos y tan frecuentes gritos de ayuda.
A mi alrededor ruge un mundo desesperado, cada día la emoción nos arrasa, dentro de 50 años la psicología será una ciencia básica para la vida , todo esto si juntas  las frases verás que es verdad. la cuestión es si seguimos siendo humanos o hemos perdido la cualidad de compadecernos, de nosotros y de los demás.
Desde mi lugar de trabajo, que es como ser copiloto del diablo, veo a diario mucha desesperación, y eso que no soy del ámbito sanitario; pero la gente es tan contradictoria, tan surrealista, y ese mismo mundo odioso lo lleva cada uno de nosotros dentro como una caja de Pandora , siendo éste el mayor de los misterios.
A veces te dan ganas de matar, otras de abrazar (la verdad las menos) pero no deja de ser un aprendizaje constante.
Tomas conciencia de que los juicios de valor y las torres de cristal no sirven para nada.
Es domingo y quiero hacer tantas cosas, un par de llamadas, dos lavadoras, medio libro de un escritor de nombre impronunciable (autor de "La belleza es una herida"),limpiar algunos metros de suelo, quitar los vasos del vinagre, trocear pimientos verdes para hacer con pollo y fideos chinos, terminar el vermú aguado y lo más difícil de todo, inaugurar una saga mítica, una familia cuyo reino esté por venir con sus legiones de fans y hojas de bosque, yo sé que a poco estímulo que me de su cosqui bendito se me van a desparramar las palabras como la polución de un dios mono que se aburre solo en el fondo del bosque.
Claro que ni siquiera eso puedo hacer a tiempo completo, porque también me interesan los contornos de ojos low cost (hay tantas you tubers de belleza que he flipado y la verdad que engancha), las mascarillas  de algas y limón de una empresa vegana que tengo que localizar como sea para despigmentarme esta cara de inocente vieja aficionada al sol marino, y los nutrientes del brócoli y la necesidad de renunciar a los lujosos packaging por el bien del planeta.
Y me queda espacio para lamentarme por no haber nacido en Noruega, o en cualquier otro lugar del mundo donde matar toros no sea un deporte nacional o lo que es peor, sinónimo de cultura, porque aunque no vaya conmigo, me duele que eso esté pasando ahí fuera, como me duele que el perro Cooper se pudriera durante tres meses en el suelo de una cocina de una casa donde vivía también una niña (teclear en Google perro Cooper adopción, en caso de morbo), y aunque los barrancos estén llenos de perros y el mar lleno de muertos es indudable que por inútil que eso sea, yo sigo arrastrando su dolor, aunque sea bajo las pequeñas olas benéficas del aire acondicionado.
No me quedan fuerzas para mucho más, y esto me preocupa, porque tendré que atesorar el pequeño tarro de energías para conservar mi  luz, que es como una vela indiferente a las tentaciones del infierno.
Ese infierno del que la mayoría no sabe o no quiere escapar, enganchados a las malas noticias que se transmiten desde los altavoces de la infamia.
La paz, sin embargo, es chiquita y humilde, como una mariquita que se posa en un alféizar.

domingo, 19 de agosto de 2018

Discurso para locas

La mente va rápido, la lógica es lenta, se dijo mientras peinaba sus cabellos frente a un espejo cuyo azogue se asemejaba a un lago de difuntos, si esto significara algo.
Dos habitaciones más allá, su hijo adolescente se entregaba  sin freno al insomnio con el móvil en la mano, intercambiando mensajes con otras almas tristes,qué duro el umbral de esa edad, qué jodido, y ya casi nadie de los adultos lo recuerda. Esa vulnerabilidad y ese látigo constante.
Bueno, yo sí, lo recuerdo porque puede que no haya cambiado tanto, de hecho nunca he perdido la inseguridad ni el miedo, dos parches en las alas que pesan demasiado, dos parches en las alas con las que nunca pude volar.
Ahora uno de los miedos es precisamente ése, que al no haber volado nunca por mis medios, quiera en mi madurez intentarlo bajo un sol demasiado caliente, cuando mis músculos empiezan a derretirse y las ganas son una parodia de los deseos.
Las locas  a veces nos hacemos con el tiempo, porque inicialmente fuimos domesticadas, y de la primera comunión pasamos a la oficina, y de la oficina al hogar y del hogar a la maternidad y luego vuelta a empezar, a buscar en libros y oráculos tanta falta de sentido.
Y luego llega el verano y te arroja a la cara un hijo adolescente con las mismas taras pero diferentes recursos y quieres llorar o gritar o dejarlo todo en manos del destino, salir por esa puerta y no volver, a veces incluso tirar la basura y que te atropelle el camión y que los vecinos digan hay que ver el destino, pero tú,loca, sabrás que no es el destino sino el deseo cumplido de la liberación.
La mente va rápido pero la lógica es lenta y la lógica dice que es verano, que si ocurre eso lo habrás hecho mal del todo, (todavía está por ver el resultado final, date tiempo) pero si ocurre eso lo habrás echado todo a rodar porque habrás dejado atrás una gente rota, quieras que no aún eres necesaria, aunque no desees serlo en absoluto.
Y qué quieres pues, querida loca, la que echa de menos el mar y las esquinas azules de su alma, la que atravesó tempestades con los bolsillos llenos de ansiedad, la que apostó por la vida incluso cuando intuía el engaño que supone toda lucha, la que se trajo plátanos verdes  de la huerta de un buen hombre que dejó de existir el 14 de Agosto de 2018,ya está, se acabó, todo tiene su fin en su momento y es más loco y más tonto pasarse el escaso tiempo conspirando contra uno mismo y los que ama.
He perdido mi capa de héroa pero a cambio tengo una que me hace invisible, pero sólo para el escaparate; a cierta edad tienes que hacer un hatillo con otro tipo de sentimientos, con otras estrategias y recursos, de los cuales el más valioso es el de amarse, por difícil que sea amar un saco de contradicciones que se va despidiendo de su capacidad de producir fragancias, al fin y al cabo los frutos maduros ya no huelen bien, ya no huelen a nada.
La loca , entendida como persona que se resiste a lo que está escrito, tiene que seguir aprendiendo.
Prometí no rendirme y no lo haré, se dice la loca, que no es tal, sino una especie de guerrera planetaria, una guerrera que no quiere aumentar la importancia del mal, sino ningunearlo en favor de la luz y del viento que permite el movimiento de las ramas más altas de los árboles.

lunes, 9 de julio de 2018

Davinia

Hay quien lleva el nombre de una telenovela, porque sus padres se pusieron tontos con algún capítulo apasionante, pero yo no lo hice así, indagué en la mitología para buscar un nombre diferente a todos los que pudiera haber habido jamás en la familia desde que Eva se rompió una costilla y se la dio a Adán en prenda y luego como siempre se tergiversó y se falseó todo.
Busqué en la mitología como ahora busco en mi corazón una razón para redimir mi existencia, para pintarla con colores vivos porque no me resisto a ser mayor, y parada en medio de la escalera me dedico sin embargo a perder el tiempo que me  sopla en los talones.
No era ni siquiera medio mujer cuando entendí, mientras oía hablar a unos familiares de la inminente muerte del marido de una prima, que la vida no era nada, y desde entonces hasta ahora ha pasado mucho tiempo y sin embargo siento que no ha pasado ninguno.
Imagino a una tal Davinia, que vive encaramada en una escalera que nunca subirá al cielo, con el pelo de colores como las ilustraciones de mis primeros libros de poesía, en aquel barrio donde aún vendían enciclopedias a domicilio, y pasaba el camión de la basura y removía toneladas infernales de desperdicios que yo veía desde mi ventana, y pensaba en la destrucción de todo.
La tal Davinia eligió un buen nombre para su rosa favorita, y la colocó a resguardo de los vientos de Febrero y la echó a volar cuando consideró que era justo que viera otros jardines, pero ella se quedó quitando pelusas, oyendo hablar de leyes y de diarreas, en un rincón seguro sin besos ni caricias.
Davinia canturrea a menudo, aunque lo hace muy mal, pero sabe que cuando alguien oye cantar se siente menos solo, y tararea a menudo, esa molestia es llevadera para los demás, piensa, y desde luego consuelo para mi corazón, al que le gusta acunarse solo en las noches de mierda de las semanas y los meses que transcurren como las páginas de un libro que tampoco importa tanto.
En eso lleva razón Davinia, porque yo a mi padre lo oía cantar y mi corazón saltaba como un pajarillo, y sin embargo ese hombre no pinta casi nada en mi vida, de hecho creo que lo estoy llorando mucho antes de que falte porque falta desde hace tiempo ya, en el sentido en el que los padres están en las vidas de los hijos.
Davinia esta noche se ha asomado  a mirar la luna; sabe que en su interior laten los ríos novela, los ríos humillados, los ríos salvajes, los ríos supervivientes, los caudalosos y los regatos, las cascadas y los charcos, y que , aunque ame a algunos y odie a otros, todos están dentro de ella como las páginas de un libro que, la verdad, tampoco importa tanto.

lunes, 11 de junio de 2018

Dentro de cinco horas, esta mujer...

Dentro de cinco horas, las mujeres se levantarán del lecho, será de noche todavía y aunque el día no haya empezado, ellas lo inventarán igual que paren a los hijos, que no son nada más que polvo y hojas sucias y de repente se hacen carne y llanto y vida, como si fuera cualquier cosa.
Dentro de cinco horas, el fin de semana habrá pasado y tomaré conciencia otra vez de que me debo a una rueda de horarios y rutinas, aunque  entre mis párpados se asome a veces la divinidad que el alcohol me concede y la sociedad me niega.
En cinco horas volveré a olvidar que procedo de una especie casi extinta, que doblegó el cuello de los cisnes en favor del terruño cruel donde los hombres cantaban flamenco, esas historias duras de sudor y nostalgias, y las mujeres callaban en la soledad de cocinas y dormitorios.
No puedo sin embargo borrar las memorias pasadas, donde hay un pueblo blanco y un sol cayendo a plomo, y la mancha del pecado que no era tal corría a borbotones por las calles con el escándalo feliz de la gente libertaria.
A esa tribu pertenezco sin avisos ni carnets de identidad, y desde mi cárcel echo de menos cada día ese amanecer amargo por falta de sueño y excesos carnales, en aquel país al que pertenecen los que viven al día casi sin nombre ni apellidos, ni herencia ni patrimonio ni nada de este mundo que merezca el más mínimo respeto ni tenga el más ligero interés, salvo el de hacer de cada día lo que uno siente y no lo que debe.
Que no doblen las campanas, corre y dile al campanero, decía Manuel Vallejo, que era inteligente natural y cantaor ilustre, y me canta desde mediodías que debían tener sol como tienen mis días, un sol que murió y volvió a nacer para nosotros, y volverá a morir para que nazcan otros, y así la rueda eterna como este mar inmenso que envenenamos cada día y se resiste a morir, como nosotros nos resistimos, hechos de vida y no de muerte.
Quizá la solución esté en vivir borrachos, para sentir que no duele la vida ni importa la muerte, si acaso un poco más que tener un padre indigente o una madre loca o un corazón indigno de uno mismo, puesto que uno sabe que venía a vivir de forma muy distinta a como vive.
Pero vivir tampoco es nada, es como estar dormido, es como ser flor o pájaro o cornisa de edificio, es aguantar inviernos y veranos y un día caer como una pluma o un ladrillo, y en el tránsito tener hermandades o aficiones o apegos y desapegos, es como ser un caballo que bufa y mira con esa indiferencia de los animales las tonterías del que manda, porque el que manda es tonto o es malo, o ambas cosas.
Dentro de cinco horas, dejaré de velar mis pesadillas y me levantaré del lecho vestida de gris y de costumbre.

domingo, 3 de junio de 2018

Gracias





Puede que las cosas no sean lo que esperaba, de mí ni del mundo, esa bola azul que se ve en el universo como la cagadita de un dios muy perfecto y caprichoso que se entretuvo haciendo muñecos a su imagen y semejanza, según los charlatanes de la antigüedad (qué son los profetas, sino charlatanes que el paso de los siglos ha convertido en figuras de autoridad?),y los científicos que todo lo explican excepto lo inexplicable.
Y sin embargo,se revela a veces la sabiduría, aunque es una reina que siempre llega tarde.
Empecé esta entrada tres días antes de mi cumpleaños y ahora, pasada ya la fiesta y la pereza, la termino abriéndome paso con el machete de la esperanza.
Hace unos años decidí tomar las riendas de mi vida, y con un cubo y un pincel  dar los brochazos necesarios para elegir al menos el color de lo que ocurre.
Si os fijáis, no se puede dar brochazos con un delgado pincel, considerando esto como una más de mis contradicciones, dado que no estoy dotada para la alegría, pero aun así, lo intenté.
Y el paisaje es, aun en medio de las nubes que me acechan, al menos el que yo he elegido para pasar mis años, y allí entre las montañas habita la paz que me trabajo cada día.
Puede que si yo falto, mi cocina se llene de pájaros inquietos que al igual que ahora, dejan  las cagaditas del perfecto dios por toda la encimera, y ya no estaré para quitarlas con lejía.
Y que es verdad que casi siempre suenan fados en las vidas humanas, y que el ocaso, como he leído que decía Bradbury,nos parece bello porque es efímero, y que en todo está la promesa del adiós.
Tantas de las cosas que vivimos que no fueron más que pasatiempos y que en su momento creímos cargadas de sentido, tantas personas que decían que eran importantes y se lo decían a sí mismas y nosotros lo creímos, o aunque no dijeran nada, lo parecieron, tantas confidencias que contenían la sal de muchas noches que humedecieron la almohada, y todo se perdió como una nube.
Y aun así, aunque sea una exiliada del país de los cisnes, y me queden anchas y estrechas las camisas porque no me gusta ninguna, (aunque al menos sé cuál no me pondría nunca)y con mis prejuicios que me voy quitando como pellejos muertos con mis escasas fuerzas para saltarme los guiones, sigo viajando por la porción de tarta que me ha sido asignada.
De momento mi voz sigue sonando como una lengua muerta en el reino de la juventud, y mi boca cree que puede besar hasta el infinito, y que poner un poco de orden en el caos de la emoción , que es la loca que nos gobierna, nos seguirá trayendo vientos favorables.
Porque es Junio y sigo usando medias.
Porque es azul el mar y blanca la esperanza.
Porque todo ocurre siempre en aquel lugar donde fuimos felices, y cae muerta la nostalgia bajo las flechas de nuestra sonrisa, con 49, con 67 o con tres millones de años, como dicen que tienen las estrellas muertas que aún pueden verse desde nuestras pequeñas ventanas.
Gracias, es la mejor palabra que se puede decir cuando comprendemos que no somos secuoyas, sino hormigas.
Gracias, otro Mayo y otro Junio como un dios que empieza sacudiendo unos hermosos cabellos al vientecillo fresco de estas tardes.

domingo, 6 de mayo de 2018

La búsqueda de la felicidad

Dani era lo que era, sin más adornos, pero a partir de cierta edad comenzó a sentir en su interior algo que bullía como lava, sin que jamás hubiera considerado que en su corazón pudiera dormir ningún volcán.
Dani pasaba los domingos poniendo lavadoras, porque era un padre concienciado, sin que Marisa, su mujer, tuviera que molestarse en levantar la vista de sus tareas al ordenador, verdadero motor del mundo laboral que repercutía en el doméstico con su sueldo más que suficiente para abastecerlos a todos de las necesidades básicas e incuso un poquito más, lo cual no era poco en los tiempos que corren, que es lo que se suele decir.
Pero Dani, como decíamos, por aquello de la edad madura que a todos asusta, empezó a desear cosas que nunca había deseado, como plantar flores o pintar cuadros, y quizá viajar a museos de Europa donde el aliento de gente muerta pudiera llegarle desde miradas inmortalizadas en lienzos que habían resistido el paso de los siglos.
Dani quedaba muy impresionado de considerar por ejemplo que esa gente de los retratos había tenido domingos de tedio y luchas cotidianas alternadas de esa forma en que suele hacer la vida, como una madeja que se desenrolla sin que apenas nos demos cuenta.
Dani deseaba por encima de todo  "darse cuenta" de las cosas, no vivir sin enterarse, y es por eso por lo que empezó esa desgracia íntima del conocimiento, ese instante en el que  los pocos sabios que en el mundo han sido, han despertado y se han dado cuenta de que todo es una mentira como un castillo en el aire al que uno se acerca y desaparece.
Desde abajo parecía que era sólido, con sus puertas de madera lustrada, su puente levadizo recogido, sus torres y almenas e incluso ventanas desde las que se intuyen princesas aburridas y reyes beligerantes, pero al acercarse uno para intentar entrar todo desaparece como una pompa de jabón.
La desgracia empieza siempre con emociones más básicas, como la rutina o el desapego, el rellenar casillas por sistema o el miedo cerval a la pobreza,(bastaba que Dani considerara siquiera una llamada del banco reclamando recibos devueltos, si es que se atrevía a dejar su empleo de administrativo en una fábrica de piensos, para que se pusiera a temblar en el fondo de sí mismo, ya era suficiente que Marisa, arquitecta bien considerada, con mejores estudios y mejor talante que él, tirara del carro de la casa con más garantías que él y sus aportes), pero aun así, Dani no se sentía amado, aunque sabía que ella lo quería.
"Tanto no me querrá cuando me ha convertido en mendigo de afecto", pensaba en momentos malos, cuando quizá desde la mañana hasta la noche no había habido ni un solo acercamiento entre ellos, cada uno flotando en sus islas de trabajo virtual, emails o redes sociales.
Hasta era posible que, por separado, cada uno hablara más con compañeros de trabajo por Whatsapp que sentados en el sofá que como ellos repite funda desde hace más de seis años ,porque ésa era otra, entre Marisa y Dani, aunque no escaseara jamás el respeto y una cierta admiración mutua, tampoco sobraba la alegría ni el deseo.
Muy claro parece que después de años de estar juntos lo de mantener viva la llama no es más que una chorrada bienintencionada, pero sí es cierto que se puede combatir con un poco de ilusión personal, Dani a veces fantaseaba con que ella quisiera comprarse un vestido nuevo para estar guapa, como si no se conocieran del todo, como si aún hubiera cosas que explorar; o el mismo comprarse un traje formal, que jamás había usado , para acudir juntos a un sitio de copas en el que ella, a lo mejor tuviera ganas otra vez de desabrocharle botones.
Qué tonto el viejo Dani con tales fantasías, cuando a cierta edad es mejor no hacer el ridículo, él precisamente era de los que siempre había pensado que no hay nada más patético que un viejo rebelde, como ésos que se vuelven combativos cuando ya necesitan bastón, de repente necesitados de una personalidad en los últimos años de su viaje.
La vejez debe ser comprensión  y bondad, no un eterno canto contra la injusticia de la muerte, es como si un oficinista que siempre ha sido cordero de repente se enfunda camisetas del Che y se empeña en arrojar botes de humo o quemar contenedores, lo más probable es que sólo sirva para la foto de Reuters, imagen sin sustancia, sin contenido, engaño moderno, porque una foto no arrastra una vida entera ni la explica en absoluto, y además es bastante probable que con el temblor de las manos viejas se caigan las cerillas y acabe quemando lo que no quiere y provocando un desastre absurdo.
Dani pensaba en su abuela, que en sus últimos meses se compró una botella de anís cuando había sido abstemia toda su vida, y dos lágrimas calientes le cayeron por las mejillas en un domingo de mayo demasiado cálido para su gusto.
A su lado, Marisa contestaba correos electrónicos;( los niños, ya semiadultos, estaban ausentes entretenidos en sus propios retales de vida).
La lavadora pitaba una vez más; ésa sí que sabía completar ciclos y terminar programas.
Apesadumbrado, se levantó de la silla sin que Marisa notara su tristeza y fue a sacar la ropa.
Como otro domingo más.
Como siempre.

Carta a una dulce niña cansada de esperar

En las estaciones, en los muelles, en los cuartos apenas iluminados de las posguerras, en los pasillos del instituto, en las antesalas de lo...