domingo, 10 de noviembre de 2019

Tú, a limpiar

Caía la tarde en la calle que ninguna culpa tiene de ser tan cutre, de arrastrar esa deprimente humedad de siglos, y a través de ella entré en el bar a tomar el té con leche con el que intento consolar mi no menos deprimente jornada laboral. Allí, en esa zona putrefacta de la ciudad, la escena habitual dentro del bar me recibió  como un paisaje repetido pintado a golpe de remo de galera; el camarero, el chico joven super amable que es hijo del dueño y echa una mano por las tardes , y dos parroquianos, un empleado de mi propia empresa cuyo turno acabó hace muchas horas pero que por motivos que desconozco y no me importan alarga su presencia en la zona del trabajo, cerveza tras cerveza, quizá tratando de no llegar a ningún sitio interesante ni amado, y un orco con el pelo grasiento y blanco de canas que podrían ser venerables en otro siglo, en otra cultura, un tipo de mediana edad rojo como un tomate que eructa comentario tras comentario, gracieta tras gracieta, con la agilidad mental de los sevillanos de los tópicos, sí, ésos que todos habéis visto alguna vez en las películas. el sevillano que todos tenéis en la cabeza.
Habla el tipo de esto y de aquello, de fútbol y de Antonio Puerta, de política y del precio de las pieles de oso; no me hace falta pedir el té con leche, el chico me conoce y lo sirve, lo cojo, me voy a una mesa, leo un periódico, lo dejo, cojo el móvil, mi verdadera prensa, mi conexión con la familia, con el trozo de mundo que me importa, abro el Facebook, leo amigos, me sonrío, lo cierro, divago mientras el malaje sigue vomitando su corriente de pensamiento inmediato y de repente oigo que grita ;"Mira mira mira "!
Asustada creo que ha pasado algo importante en la calle y levanto la cabeza tres segundos para entender rápidamente la situación; una tía imponente ha pasado por la calle y el orco se entrega a una ensoñación malsana y lujuriosa, será una chica joven, supongo, con un buen culo, no sé, no acierto a verla; vuelvo rápidamente a mi teléfono mientras oigo con asco que el tipo explica que "eso" puede costar unos cien euros, y entiendo que está dando detalles de establecimientos prostibularios que seguramente conoce bien, quizá por haber terminado siendo cliente después de criarse en uno, y en lugar de convertirse en Abel Azcona, o sea, de echarle arte y talento a la vida , ha acabado siendo putero de toda la vida.
Intento desconectar porque no me gusta comer basura, pero entre los segundos siguientes oigo la siguiente frase, "tú no, tú a limpiar" y por un terrible momento creo que se está refiriendo a mí, dado que he levantado la cabeza un momento y soy la única mujer del local. Vuelvo a levantar la mirada pero nadie me mira a mí, sólo encuentro una sonrisa azorada del camarero, una camaradería falsa del cartero de la barra y el desfogue verbal del putero dando detalles de todas esas cosas maravillosas que conoce del mundo femenino al que sólo puede entrar pagando.
(Hay que decir que todo esto está a metros de mí, puesto que el asqueroso ha salido a fumar, así que no tengo la certeza de que las cosas sean como yo las estoy viviendo).
Me siento repentinamente mal, casi físicamente amenazada; en mi cabeza se plantean todo tipo de opciones, desde la película de Clint Eastwood en la que lo arreglas todo con una pistola, de repente Tarantino me parece un tipo genial, uno que entiende de verdad como funciona el mundo y echo de menos un arma, quiero de verdad encañonar al pestilente orco de pelo graso y dejarlo seco allí delante del joven camarero, ofrecerle al cartero una razón definitiva para dejar el alcohol, quiero derramar sangre y salir en prensa, y luego tener un juicio justo y quizá terminar comiendo en Sevilla 2 durante unos años por cargarme un viejo pijo y  putero, y de repente pienso en mi vida, tan bonita, con mis perras y mi familia y mis amores varios, me arrepiento enseguida, no quiero asesinar escoria, entonces la opción empieza a ser levantarme lentamente, hacer la pregunta clave ; "se ha referido usted a mí por casualidad"? y dependiendo de la respuesta, llamar a la policía local y denunciar al tío allí mismo, pero entonces pienso en el camarero, al fin y al cabo supone dar la tarde a uno que está trabajando, convertir mi rato de merienda en una pelea de verbena, sacar los pies del plato sin haber tenido pruebas suficientes de la ofensa, en fin , todo eso que podéis imaginar.
Finalmente me tranquilizo, el orco se va, queda el cartero solo, sigo dándole vueltas a preguntarle si el cerdo me aludió o no, ya no sirve, pienso, ya se ha ido, déjalo, déjalo estar , recupera tu calma y vete.
Pago el té con leche, como si no pasara nada, le doy la vuelta al periódico, el ABC sobre el mostrador, cómo no, en la contraportada el titular me lanza un mensaje sincrónico, es una entrevista a una escritora, no recuerdo el nombre, parece pija pero el titular dice en mayúsculas, "España es un país tradicionalmente machista", me sonrío, le respondo mentalmente, "ya lo veo, ya".
Cuando me voy alcanzo a ver al gorila, con perdón, en una esquina, y escupo sobre su estampa como la gitana que soy, deseándole una mala muerte con agonía larga, no ya por la sospecha de que me haya mandado a limpiar, por haberme desnudado de toda capacidad de seducción, por haberme arrebatado de golpe mi lejana juventud, por reducirme a lo mínimo como desconocida, porque en las distancias cortas yo sé lo que soy y lo que valgo, pero en el escaparate de los puteros no valgo nada y creo que ese tío me lo ha dicho, creyendo que no le oía.
Y pienso dos cosas; cuánta gente en este mundo se podrá sentir como yo en ese momento, despreciados, insultados por lo que son, desprovistos de cualquier atisbo de respeto, por mujer, por inmigrante, por diferente, por lo que sea, qué recursos tenemos en este paisaje cada vez más fascista y más crecido, donde ya se están dando los elementos necesarios para volver al odio y a la legitimidad del desprecio, donde la involución es el camino y para salvarnos tendremos que volver a la cobardía,  al no querer meterse en problemas, al quedarse callado cuando los impíos sacan pecho.
Como niña blanca de clase media nunca me sentí en el lado de los débiles, pero creo que por primera vez en mi vida he comprendido la ofensa y el sentimiento de humillación.
Y espero que me sirva para algo.
La otra cosa es que sé que el bicho necesitará algo de mí como personal público, algún día, en algún momento; puede ser una carta o una llamada al 112, cuando en la misma esquina se le rompa el corazón hastiado de fanfarronería, y entonces lo veré reventar como un triquitraque o como el lagarto de la Magdalena que dicen en Jaén.
Hasta entonces, sé de qué lado estoy.
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No me miréis así; no soy rencorosa, sólo confío en el karma.





domingo, 3 de noviembre de 2019

Limpiezas

He vuelto a limpiar el Facebook, de ciento veintiuno a sesenta y cinco "amigos" , incluyendo gente que ya conocía de antes y cuya deriva no me gusta o me deja fría o no me parece apropiada o sencillamente no interactuamos, así que entiendo que pa qué van/vamos a estar ahí. También  he quitado a miembros de la familia que por muy entrañables que sean comparten cosas muy tontas o injustas con capacidad de análisis cero, no seré yo quien se lo explique. Lo malo de esto es que te permite diseñar un mundo de juguete a tu medida donde la necesaria compasión ante las diferencias personales o ideológicas desaparece por completo en pro de un confort mental que no obstante me parece muy saludable. Así que si a eso le añadimos que llevo unos días emperrada en romper cosas del pasado, desde que leí un artículo sobre oponopono  acerca de lo bueno que es soltar lastre, y que me estoy cargando poco a poco todos los manuscritos adolescentes , haciéndolos cachitos de papel amarillo que termino arrojando a la boca del dragón, nos encontramos con una yo bastante activista en ese sentido.
Digamos que cada día que amanece apuesto por la esperanza, y ya que ésta pasa por la destrucción del pasado, gustosa me ofrezco al juego; aunque entre tú y yo, lector, lectora, te diré que más que el artículo, pesa en mi ánimo la desoladora tristeza que sentí en la última visita a Madrid , en el rastro, en el puestecillo de fotos donde me dijo el señor que no podía hacer fotos, aunque sí hice un mini video que me pasé algunas veces para volver a sentir esa grima destructora con la que tomé conciencia; una montaña de fotos en blanco y negro en su mayoría, en las que gente como cualquiera de nosotros, en ese momento dueños de sus vidas, se tomaron imágenes en paseos de domingo, vacaciones familiares o enamoradas, comidas de campo o visitas turísticas.
Quién les iba a decir que acabarían esos trocitos tan amados de existencia vendidos al mejor postor en un mercadillo, para solaz de curiosos atónitos ante  la fugacidad del tiempo o aficionados al vestuario o usos y costumbres e otras épocas.
Creo que me aseguré a mí misma que prefería romper yo todas mis fotos antes de no ser nadie en unas manos ajenas, porque las fotos sólo significan, entiendo yo, para quien ama o conoce, excepto fotos artísticas o curiosas de interés científico.
Pero fotos personales, todos sabemos que son un rollo si no conocemos a los que salen en ellas.
A no ser que a uno le guste sentir el morbo de saber a ciencia cierta que esos fotografiados anónimos están ya muertos y borrados de la faz de la tierra.
Para eso prefiero visitar las necrópolis romanas, que no sonríen ni dan pena, sólo imparten la lección de la eternidad de la piedra y la liviandad del ser humano.
Creo que mientras espero el resto de limpiezas de cosas que ya no funcionan, ya sean órganos o estaciones,  me iré quitando las capas una a una y con un poco de suerte, quedaré limpia y desnuda del todo, tal como llegué.
Hasta entonces, espero que esta luz mortecina no consiga deprimirnos del todo, para que podamos asistir al estallido de los nuevos días de primavera.
Como en una hoja de ruta cada vez más básica, apunto las tareas quizá ligeramente preocupada por lo poco que escribo según pierdo vista,( esto de la presbicia es exclusiva culpa del carnet de identidad, quizá la única foto que no podré destruir con mis propias manos vivas), el sentimiento de prisa por hacer algo antes de que sea demasiado tarde, dejar algo escrito que sí merezca la pena dejar atrás aunque sea para un rastro de difuntos.

domingo, 27 de octubre de 2019

La condena

Tengo un vecino muy a lo lejos que esta tarde se quedó un rato dentro del coche escuchando música, porque yo creo que era incapaz de dar un paso sin delatarse.
No es la primera vez que se alicata, de hecho es un habitual de un bar donde nosotros también fuimos habituales en verano, y como los ratones de laboratorio, se conoce la senda mínima que lo lleva a casa con el coche, aunque sea un peligro dentro del mismo barrio, salvo que se le cruce un imprevisto cualquier día, suele llegar bien hasta la puerta de casa, sólo que hoy se ha tomado un tiempo antes de salir, no sé si porque le gustaba la canción y quería oírla hasta el final, cosa que yo hago a veces, o porque deseaba dejar pasar un tiempo antes de entrar en casa, aunque desconozco con quién vive.
He visto hijas o nueras y alguna nieta, y antes había un perro, un carlino que se cagaba donde quería y al que  no veo hace ya bastante tiempo, supongo que pasó a mejor vida después de ser maldecido por varios vecinos que se tropezaban con sus cacas en esta calle que es como una línea recta pavimentada en dirección  a la nada, quizá a la vida ordenada y a la rutina arbolada con plantas de vivero, por donde en las mañanas la barredora del ayuntamiento pasea su rascada con la que se limpia la espalda de los desempleados que el ayuntamiento contrata por  meses.
Sí, vivo en una de esas calles de película de Tim Burton, donde las tapias separan a la gente arrullada por taladros domésticos en días feriados y muchas noches, demasiadas, llega el olor a pescado frito exhalando su aliento de Neptuno en horas bajas, como si todo el barrio se hubiera leído las bondades del pescado azul en internet, y entonces me da coraje si tengo ropa puesta a secar, porque mi ropa vuela al aire mínimo del patio con olor de almendras y flor de algodón y muere con la peste de sardinas y boquerones.
Pero como decía, el vecino se bajó al final del coche, y lo sé porque coincidimos cuando yo bajaba la calle buscando un rato de caminata con la que matar los efectos de la glotonería y el café de la tarde, y las ideas tristes y los pelos que blanquea el tiempo y todas esas cosas que una persona de mi edad se plantea no como opción filosófica, sino como obligada reflexión.
Nos cedimos el paso como bailando un ridículo minué y al bajar la calle seguí masticando el poema que tenía atrapado entre las encías, como un trozo de carne o una piel de lenteja.
El poema de la condena. que dice así;
Cumpliré mi condena muy en silencio,
observando mi vida a través del ojo de una cerradura
desde aquel sitio en el que ya he sido todas las que podía ser,
la tierna, la humilde, la mala y la buena
la exultante y la suicida y la madre y la hija
y la que mató con la lengua y a quien mataron
en tardes de lluvia que no acababan nunca.
Cumpliré mi condena acatando la sentencia
de los que saben desde antes de nacer que todo está averiado o en peligro
o es demasiado joven o demasiado viejo como para que pueda ser redimido
o que ya está todo hecho y consumado
y sin embargo
darían litros de su sangre para que los delfines no tuvieran que morir abrazándose en círculos
noches enteras de pena y abandono
azul color azul profundo azul muerte e impiedad
daría yo mi sangre para que las madres no tuvieran que morir abrazadas a sus hijas
y aparecieran en el fondo azul azul profundo azul muerte marina
impúdicamente expuestas en la prensa de los mundo ricos
para que cuatro beatos lloremos en la intimidad de nuestras casas con aire acondicionado
y lamentemos la injusticia en charlas de salón que nada cambian.
Daría yo mi sangre para que este mundo fuera un lugar hermoso para mi dulce hija
no tener que decirle que tendrá que defenderse
que seguirá luchando por las cosas más básicas
como el respeto al otro,
el amor al otro,
la compasión
o un techo
o un lugar donde dormir
o un abrazo.
Pero que también encontrará
como anoche encontré  yo
gente con la que poder hablar de lo fascinantes que son los pulpos
gente con un corazón limpio
con la que pasar alegremente las horas de condena
en estas celdas invisibles a las que llamamos vida
y que creerá en ellos
y en los delfines y en los pulpos y en las flores
que se abren silenciosas cuando amanece
y no creerá las mentiras de los malos científicos
cuando despojan de memoria a los peces y a las ovejas
y a todo lo inocente y bello que hay sobre la tierra.


(Después de una semana dura en la que se mezcla la pasión por la palabra en la novela de la Murdoch, el cansancio físico, la música de Yomuri y una tristeza muy otoñal ).

domingo, 6 de octubre de 2019

Elise

Hoy aparece Elise en esta vida, en este blog, para ponerse un traje nuevo de piel limpia, para estrenar la mirada aunque aquellos ojos que como los de Anna Quentin en la novela que estoy leyendo de Iris Murdoch , ya no se abren redondos frente al mundo, sino que más bien se han empequeñecido, porque son los ojos de una persona que "no se ha defendido contra el paso del tiempo".
Elise puede seguir aprendiendo muchas, muchas cosas, puede seguir leyendo cientos de libros y asimilando otras formas de vida que le apetezcan , porque Elise es libre y puede darse el capricho de tener emociones no siempre positivas, pensamientos sombríos y sus contrarios, puede paladear otros sabores y puede de todas formas seguir aquí, aunque no se lo permitan los tiranos de los lugares comunes y la estadística, Elise puede escapar de la profecía cutre de los oráculos, de los compromisos adquiridos, no malos, ojo, muchas veces resultado del cariño hacia semejantes, o familia o lo que sea. Elise puede hacer lo que quiera, incluso renunciar al sexo, porque está harta de las revistas de farmacia donde se da a entender que es bueno que la gente mayor folle, con el mal gusto que eso supone, en un mundo donde el deseo es una puta canción de reggaetón en cuyo clip una morena recibe cuarto y mitad por parte de un musculoso panel humano lleno de tatuajes, de repente Elise se siente muy fuera de todo eso, sin ganas de seguir hablando de deseo como hace diez años, o más que sin ganas, podríamos decir sin interés, como una no puede ser adolescente toda la vida.
No es por juzgar a nadie, pero si dicen que Gandhi renunció al sexo cuando todavía era joven, porque tenía cosas más importantes que hacer, por qué no aceptar esa idea como una cosa más, sin escandalo ni condena. Ella, la integrista de las pasiones humanas, de repente domesticada y dócil frente a esos atardeceres, metiendo su caduca sensualidad en una maleta sin remite, o en una cesta de mimbre para echarla al Nilo, quién sabe si los dioses sabrán qué hacer con ella, con su sangre caliente y su  cuerpo rebelde que no quiere cansarse ya en el esfuerzo de mantenerse vivo artificialmente, forzando la máquina o trucando pulsiones infantiles.
Ahora que lo piensa, Elise siempre fue más cerebral que otra cosa, siempre fue la azotea la que mandaba humedecerse el cono sur, la que decidía de quién enamorarse y de quién no, menos alguna vez que se engañó pensando que también era parte de la biología como los gorilas del zoo siguen respetando sus ciclos de celo hasta que caen redondos el último día de sus vidas.
Claro que Elise no es una gorila, es sólo una mujer muy mental que ahora empieza a aceptar que gusta de otros placeres, y se levanta de la siesta un  domingo y entiende una cosa, única y clara como ese rayo de sol empecinado que juega tras la cortina, lamiendo las últimas horas de la tarde (el verbo lamer, tan usado en narrativas malas) que pudiendo experimentar orgasmos en soledad, cuatro o cinco si el momento es bueno, y quedando todo esto en el ámbito privado de la intimidad de las personas, sin que pueda ser materia de estudio ni le importe a nadie, si puede tener esa misma sensación leyendo descripciones de calidad en literatura y rodearse de esos libros inteligentes que susurran al alma y le dicen que todo está bien tal como ha sido creado en nuestra vida, que una puede ser más vieja y más fea que ayer, pero más libre, que hay personas que lo tienen todo tirado en una habitación llena de objetos de teatro, que esa habitación puede iluminarse con una pequeña lámpara de rincón a la que le han puesto gasas por encima, y taparse con una piel de oso de atrezzo de teatro ("el arte más puro"),que así se reencuentra el amor cuando una de las dos partes necesita simplemente un sitio donde vivir, que eso no tiene la más mínima importancia para ninguno, que las personas no funcionamos con códigos ni con secuencias que se paguen con monedas, que un profesor de filosofía puede recomendar a sus entregados alumnos, aun siendo docente y enamorado del pensamiento, que se alejen de ella, que se busquen un empleo estable, si una puede aceptar todo esto también puede aceptar que no le guste limpiar el polvo, o que le gusten las galerías de un centro comercial o no quitarse los pelos del coño o no estar siempre disponible o estar pensando el latazo que le resultan las confesiones de familiares y entorno, aun siendo tan entrañables, tan dignas de amor y atención , como las cosillas de una hija, o bien llamar a las cosas por su nombre cuando una jornada laboral supone la muerte de tres o cuatro cientos de neuronas en una población seguramente ya bastante afectada, aunque en este caso no por la edad, sino por la locura que supone la rutina y la actitud de servicio, más quemante para una mente inquieta y lo que casi seguro debió ser un corazón viajero, que cualquier otra cosa en este mundo.
Si podemos aceptar el trato que los escritores, las escritoras en este caso, con más de dos dedos de frente, nos proponen, seguramente lo vamos a pasar mejor, caminaremos hacia la gratitud cada hora de la existencia, felices de encontrar voces que nos quitan las etiquetas de bichos raros con la facilidad con que un gorila de zoo alumbraría el oscuro rincón de un muelle portuario con la luz de una linterna prestada.
Elise encuentra ropas verdes de terciopelo, encuentra un idilio consigo misma, un perdón que le ha sido negado muchas veces, una libertad insospechada.
Elise guarda en sus oídos la canción del mar, y se guarda la utopía en el regazo y la acaricia como un gato, sin saber realmente si podría hacer algo más que lo que hace, si podría intentar vivir de otra manera, aunque en el fondo sabe que no lo está haciendo mal del todo, porque en la ocultación de la sombra a los que amamos también está el principio de todo amor, es bueno que nos perciban sólo como vemos a la luna, la parte visible como inspiración de toda belleza, pero la cara oculta, ésa nos pertenece sólo a nosotros como individuos.
Elise está encontrando un camino nuevo, y en la mochila lleva muchas voces de mujeres que ya vivieron y dejaron libros en los que la gente no pretende caer bien, está dejándose atrás el disfraz de jovencita que desea embaucar a todos, (ya no le sale bien, las jovencitas  de 50 suenan a música de circo y a fragilidad impostada), está empezando a darse permiso.
Elise busca, y Elise encuentra.


domingo, 29 de septiembre de 2019

Las cosas que hicimos

Cuando pase los dedos por los libros no escritos, cuando piense canciones que he amado a través de tanto tiempo y espacio como puede tener una  amapola, cuando crea que muero sin que sea verdad, tendré un lugar, una especie de bote de cristal como el que pueda tener una granjera despistada en su alacena para atesorar los frutos rojos del invierno, pues ahí es donde habré guardado las cosas que sí hicimos.
Y entre ellas el encuentro de ayer, un rato de charla y cervezas con uno de los personajes que considero emblemáticos de mi época bloguera, como yo le llamo, la época salvavidas, cuando manejaba aquel bote de palabras en madrugadas azules que no acababan nunca , cuando echaba las redes para el consuelo y las sacaba repletas de relucientes pescados color plata que luego se quedaban saltando dentro del bote para ayudarme a vivir. Nunca tuve más intención que ésa, que alguien me ayudara a vivir con sus halagos nacidos más allá del océano, y si acaso pensáis que eso es poca cosa, os recuerdo que ha habido gente a lo largo de la humanidad que se ha salvado gracias a un mensaje por radio, a una comunicación casual emitida desde espacios lejanos, a un destello de linterna o a la sombra de una figura al otro lado.
Pensar sólo que hay alguien que te admira por lo que eres, cómo escribes o cómo piensas , pensar simplemente que alguien puede tener entre sus manos tu corazón por unos minutos de su largo día lleno de obligaciones y responsabilidades en la larga fiesta de las máscaras, (que cada uno soporta como puede), es un motivo lo bastante atractivo como para seguir, y alentar de esa manera la esperanza.
Cuando todos teníamos blogs activos, creo que eso fue lo que hicimos, echarnos salvavidas unos a otros, acariciarnos las panzas como haríamos con perritos sin madre, juntarnos las palabras para que ellas hicieran de abrigo para tal o cual cosa que ahí se expresaba, ya fuera emoción o sentimiento o simple cuaderno de bitácora, y cada cual con su rostro verdadero o su antifaz de colores, encontramos, creo, mucha gente curiosa a nuestra medida.
En mi caso debo decir que obtuve mucho más de lo que esperaba, porque con el tiempo conocí gente que albergaba exactamente lo que dejaba ver en sus escritos; hasta la fecha sois más de una que sigue en mi vida aun en la distancia, con los espíritus a veces tan cercanos como las cometas que se encontraran en el aire cuando el viento decide juntarlas y no antes ni después, sin la obligación del surco de un cuadrante ni calendario.
De hecho se me están olvidando las fechas , como si nunca hubieran tenido importancia, y es verdad que no la tienen a partir de cierta edad, como los libros olvidan quién los hizo  y cuándo fueron escritos.
En la vida todo es un baile de rosas y espinas, y al final todo acaba pasando, dejando tras de sí los zapatos sucios de las bailarinas, sus lazos de pelo tirados en el suelo, las botellas de vino vacías, los ropajes que usamos para seducir y los grilletes que llevamos, ya enmohecidos, en las esclavitudes que decidimos asumir con gusto.
No queda mucho más , pero es importante haber tenido esas chispas en la trayectoria, haber vivido poniendo todo el interés que puede tener un buen trago de vino fresco a la garganta.
Así definiría a mi querido Genín, a quien al fin abracé con muchos años de retraso, (ya nos pilla a ambos redondos y talludos, como se puede ver en la única foto , absolutamente mítica, que voy a poner con su permiso, que será solicitado inmediatamente después de terminar estas líneas), pero que creo disfrutamos enormemente.
Un buen trago de vino es este hombre que tanto vivió y sobrevivió, una persona que al igual que otra viajera de estos lares , me sirve de inspiración con su ejemplo de palabra viva, de humor tenaz que se cuelga de la realidad y la transforma, me atrevería a decir que la convierte en lo que a uno le sale de los cojones, con toda su carga de frustración y batallas necesarias pero sin bajar la guardia para que nadie pueda decir que nos rendimos.
Ésta es la gente que me inspira, no los titulares de prensa, ni las revistas de farmacia, ni los artículos de salud ni los percentiles ni los pronósticos del FMI ni mucha, muchísima gente, mucha más de la previsible, gente domesticada que trato y atiendo a diario.
Fue maravilloso pisar el ranchito, después de tantos años de imaginarlo, al final nada es lo que inventamos pero al mismo tiempo es exactamente lo que creímos,( Genín por ejemplo  es más alto y corpulento de lo que me representé, sin embargo Pitu se redujo de la setter de mi imaginación a una monada  de apenas unos kilitos de peso con la mirada de reina y la cola como una pluma blanca para atraer los buenos vientos pero aparte de eso, todo en el reino de Genin cuadró).
Y así como cuadra el corazón con su latido  y la hojilla con su rama, yo también me colgaré de esa energía volcánica que a veces tenemos los derrotados para echarnos a vivir, ahora que sabemos que la edad sólo es un impuesto cabrón que tenemos que pagar por la inevitable caducidad , pero que no puede con una mente que se resista.
Así es como te percibí, tan joven como siempre serás, y yo seré, porque también me niego a enmohecerme , que digo yo que por algo en el bar te conocen así, por el verdadero nombre, Joven, y jóvenes seremos forever and ever y que le den por culo a  la tristeza.
Como una chispa, como un fruto rojo en mi bote de cristal, como un trago de vino fresco directo a la garganta , ése es mi dulce recuerdo de un encuentro que fue con años de retraso, qué digo, no, justo en su momento y lugar precisos, el día de ayer, cuando la vida volvió a echar a andar después de una noche de dolor y pesadilla.
Como la vida misma que se reinicia a cada rato.
Cuántas aventuras le quedarán todavía al alma libre, eso se lo dejaremos al oráculo del sur, que ahora mismo está fuera de cobertura.
Ni falta que nos hace, porque con este presente que tenemos lo tenemos todo.
Gracias, gracias, gracias.
Y salud.

domingo, 8 de septiembre de 2019

Starman

Lo vimos cruzar la calle República Argentina con el semáforo en rojo para los peatones, un poco echado hacia delante como la gente que está mal dibujada, un poco varado hacia la derecha, con los pies abiertos haciendo andares extraños, con una bolsa de papel donde podía leerse una marca de calzado en una mano; una moto le sorteó peligrosamente, vestía camisa amarilla y llevaba la cabeza rapada, su tono de piel era blanco lechoso, nos sorprendió verlo cruzar así en dirección al metro. Cuando el semáforo cambió cruzamos nosotros también, y al llegar al acceso al metro vimos a nuestro hombre parado, mirando al suelo, con expresión pensativa, su bolsa de papel en la mano, sin hacer ningún gesto ni movimiento.
Tanta prisa para pararse así, sin motivo.
Nos dio tiempo de entrar a las puertas de acceso mientras mirábamos hacia atrás con un poco de reserva, preocupados por si le estaba dando un chungo de ésos que fulminan a la gente y los borran en directo sobre el paisaje urbano, por si se tambaleaba y se caía, por si necesitaba ayuda, aunque ya una vez dentro del metro era bastante probable que las cámaras lo estuvieran grabando y alguien pudiera detectar más pronto o más tarde una indisposición de trágico resultado, o esto es lo que creemos en las ciudades.
Volver la cabeza y mirarlo, al menos en mi caso, con la timidez de no querer ser cotilla, total, la gente tiene derecho a ser rara, a no ser preguntada por su comportamiento cada minuto si algo no se ajusta a lo que consideramos normal, pero realmente desarrollamos entre los tres una teoría de lo que podría estar pasando.
"Se ha gugueado"- dijo Selene, y me explicó que eso es cuando el ordenador o lo que sea se bloquea y no puede seguir haciendo lo que estaba haciendo, entonces actualmente tenemos tantas formas de guguearnos (supongo que se escribe usando los caracteres de Google) como enfermedades degenerativas, pero lo del hombre calvo de la camisa amarilla, con aquella palidez sospechosa y lagartija y aquella inmovilidad cerúlea era otra cosa, como más inmediata, más evidente.
Era un alienígena que recién estrenaba un cuerpo prestado , y que tenía serias dificultades para pilotarlo, por lo que se había parado en la puerta del metro para repasar las instrucciones o emitir algún tipo de consulta con la que poder continuar.
Llevados por la imaginación y la perfecta verosimilitud que ofrecía la imagen, pensamos que si conseguía entrar (hasta que bajamos en el ascensor continuó allí, como una estatua, sin mirar un teléfono, sin buscar la tarjeta, sólo quieto, atento a una especie de voz interior, o quizá un reseteo), seguramente bajaría con nosotros al final de línea, donde hay un campo, una extensión abierta sobre el cielo de Sevilla, muy apropiada para ser recogido por una nave espacial sin demasiados testigos siendo como era un día entre semana (los fines de semana con la tendencia a la  botellona en el aparcamiento la cosa se complica), y Selene me confirmó que hay teorías consistentes sobre esto de la infiltración entre humanos  de seres procedentes del espacio, a lo que le dije con total sinceridad, como cada vez que doy por sentada la fuerza de nuestra carga espiritual y la veracidad de las otras puertas, en un entramado en el que por pequeños no podemos considerarnos ni únicos ni simples trozos de carne con ojos, aunque algunos lo sean , pues como digo con total fe en lo que estaba diciendo le respondí que sí, que nuestro hombre era uno de ellos, pero que por torpe lo tenían que recoger ya, como resultado de una misión fallida.
El metro empezó a llenarse y lo vimos sin embargo subir al vagón, había conseguido ponerse en movimiento;tomó asiento entre la gente y de lejos lo espiamos a ver cómo lo llevaba, todo bien, aparentemente uno más en la fauna cansada de un día laboral, sólo distinto por el color pálido y un cierto desconcierto.
Con decepción vimos cómo bajaba en Amate, muchas paradas antes de la estación final, donde sin duda lo podrían recoger con más tranquilidad , así que pensé, bueno, otra vez se ha equivocado, éste no tiene futuro como infiltrado.
Es mucho mejor que sea un tipo humano con alteraciones debidas a cualquiera de las numerosas patologías que padecemos en la colmena, y que llegue a su casa tranquilo y que se quite los zapatos y cene algo ligero mientras ve un rato la tele, más tranquilizador que imaginarlo como una criatura perdida en un mundo de vagones chirriantes y señales luminosas y sonoras cuyo significado hay que aprender.
Bueno, encogimiento de hombros y continuación de la ruta.
Ahí se hubiera quedado la cosa si esa misma noche, mientras A. y Selene sacaban a las perras cerca del olivar, una gran bola de fuego no hubiera cruzado el cielo por unos segundos, ofreciendo un espectáculo nada usual en esta zona con suficiente contaminación lumínica como para no apreciar más que alguna perseida gorda y esporádica.
"¿Lo véis? Bajaron a buscarlo pero no lo encuentran; se equivocó de estación, lo que demuestra que nuestro turista alien es excesivamente torpe; espero que puedan recogerlo de todos modos antes de que lo haga un hospital ".
Esto dije yo cuando me lo contaron al llegar a casa (yo me lo perdí, por floja, que no quise sacar perras esa noche).
Mientras escribo esto, en la tele ponen alguna de las películas de la serie de Hombres de negro, y pienso, cuántas veces más la realidad podría responder con hechos a mis ansias de ficción.
O dicho de otro modo, cuántos serán los caminos con los que la fantasía siempre ha conseguido responder usando el lenguaje de la realidad, hasta transformarse en cosas que pueden verse, tocarse y sentirse.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Ensayo de la vejez, extra, extra

Cuando abres los ojos y ves que ves menos, y que la cabeza se te cansa y que la digestión es pesada y que todos los días se repiten , te dices a ti misma, estoy vieja, pero ya no te acuerdas de que la capacidad para vivir la rutina como una pesadilla la tenías ya de joven, y que entendiste la vida como una pesada carga desde la primera flor y que por eso te tronchaste, por obedecer la orden del cuadro de mandos neurológico desde el primer albor.
Sin embargo hoy sabes que la vida es un tanque que atraviesa campos y ríos, a veces cenagosos, y que las flores tienen la costumbre de explotar incluso a través de las grietas del asfalto, y que ésa es más o menos la habilidad que también los humanos poseemos.
Negarlo sería de tontos así como la necesidad de inventar cada mañana el horario que parezca nuevo para no morir de aburrimiento, y con más o menos gallardía también  solemos conseguirlo.
Debo decir que si no fuera porque existe gente que escribe hace años que me consideraría loca, defectuosa, mal etiquetada como la carne con listeriosis, nueva marca turística de la tierra en la que habito, en la que nunca pasa nada y el sentido del deber de los políticos es tan visible como la cagada de una mosca recién nacida.
Sé gracias a los que escriben que lo que me pasa no es nada malo, es una pataleta y un pasmo continuo, pero también una queja y un lamento y un beso largo y frío cuando ya no esperas nada, una caja que no quieres abrir pero que abres de todos modos, el impulso de llevar la contraria cuando todo el mundo está aceptando la ignominia como lo más normal del mundo, justificando el crimen y acatando el desastre.
Aquel senegalés tenía razón, uno lo que quiere al final del día es ir a su casa y abrazar a su familia, y tenía razón, creo que eran los tiempos en los que yo conocía las calles por obligación, porque desde mi ranciedad sevillana, desde mi enfoque cómodo de las cosas, no sabía que tanto desmán fuera posible para gente que quiere ganarse el pan sin más, digamos que me asomé a un mundo nuevo por el ojo de una cerradura para que mis ojos también se abrieran, y aunque no llegué a abrir la puerta del todo, sí me dio tiempo a ampliar mi horizonte con el otro punto de vista posible de las cosas, esa joya de la corona espiritual que las señoras retrógradas y los padres de familia que se creen buenas personas  jamás conocerán.
Al final llegué a la conclusión de que lo único que podía hacer era el máximo bien posible en el circulo más pequeño a mi alcance, y que con esto sería suficiente para ese entorno cercano, y que desde luego, desde ahí podría poner otro color a mi propia realidad.
Ahora mismo el mundo no está por esa labor, pero tampoco hay que ser derrotistas; si apagamos por unos meses los noticieros y nos dedicamos al de al lado con un poco de empatía, en poco más de media luna estaremos con ganas de mandar a tomar por culo el deseo de muerte y las voces de la vejez, que blanquea nuestras carnes otrora sensuales y afloja los pocos músculos como gelatina de arroz, abrazando otra vez la vida como si fuera lo único que se nos permite, porque de hecho ésa es nuestra máxima libertad.

Tú, a limpiar

Caía la tarde en la calle que ninguna culpa tiene de ser tan cutre, de arrastrar esa deprimente humedad de siglos, y a través de ella entré ...