sábado, 22 de febrero de 2020

La mujer abismo

Tras las cortinillas, llegando de la calle, intentando hacerme a la idea de que aquélla iba a ser mi casa por unos días, la sorprendí hurgando en su herida con una naturalidad pasmosa; era el saludo inicial, hola buenas tardes, qué tal va todo, y allí estaba ella, sentada sobre la cama asomada a su propio abismo. En mi mente que completa lo que los ojos no pueden o no quieren ver, se dibujó una mujer montaña, o mujer ladera, con un agujero volcánico en el centro, por el que los jugos gástricos corrían presurosos como ríos robados al manantial para encarrilarlos de nuevo a su lecho materno, por ver si la naturaleza quiere recoger lo que es suyo y ponerlo otra vez en funcionamiento. Con ella llevaba bolsas de varios colores y misterioso origen , la nutrición por un lado, los jugos por otro, porque los demás fluidos que el cuerpo produce se los sacaban puntualmente cada mañana con métodos que no me atrevo a calificar, y las curas tomaban un tiempo que a mí siempre me faltaba para salir huyendo. He leído, a lo largo de mi vida de cristianita inquieta, más de un libro sobre estigmas y vidas de santos, y las cosas asquerosas y humillantes forman parte de mi imaginario cultural, tampoco me sorprenden ni me escandalizan , pero sí me levantan el estómago. Y ya sabéis todos que cuando el estómago se pone de pie, nada vuelve a ser lo mismo. La paciencia es una sopa fría que no sabemos cuándo vamos a tener que tomar, y casi con lágrimas en los ojos vuelvo a repasar mi vida  mientras trato de entender la de la mujer abismo, qué edad tiene, por qué le pasó eso, cómo es posible que esto le parezca normal,  cuando la verdad es que a lo mejor no le parece nada, ni bien ni mal ni lo del medio, simplemente le pasó y punto, somos demasiados los que le damos vueltas al coco tratando de tirar del cordel que nos dé una respuesta cuando la verdad es que no siempre la hay. La he visto caminando alguna vez, como si no pasara nada, con los cascos puestos y de la mano del novio que a todos nos sale en el hospital, el gotero con sus ruedecitas, por el que se puede hacer el paseíllo encapsulado en el cosmos sanitario, la he visto dando instrucciones al equipo médico para juntar la pasta con su carne, taponar conductos, separar tripitas y poner antenas al artefacto que forma parte de ella, pendiente ya sólo de su próxima operación en Marzo. He oído conversaciones absurdas y carentes de contenido con la lejana familia a través de videollamadas de WhatsApp y me he tragado olores que tardarán mucho tiempo en desaparecer de mis meninges. Me he preguntado muchas veces y yo qué, qué estoy haciendo aquí, aparte de intentar curar a través de una extirpación lo que me viene molestando no se sabe si por genética o por mala alimentación, o porque gestiono mal mi existencia de helecho deprimido con paréntesis de actividad o simulacro de vida, y luego me he llamado al orden, no seas tan dura contigo, Mary Pili, que ya tienes una edad y esto es sólo la tormenta que precede a otra etapa, quizá más limpia de nubarrones y de chorradas, quizá con mejores hábitos y oportunidades de felicidad pasajera como lo que es en si la felicidad, un desfile de pajaritos de hielo que se derretirán en tus manos finas, cada vez más listas y deseosas de libertad. Han sido unos días de guerra pero sin guerra, donde he podido  apreciar la profesionalidad de los cirujanos, oír hablar a algunos de ellos que esta semana se van a operar a gente a Africa para liberar cuerpos, desanudar extremidades, echar a volar vidas con la oportunidad de los avances en salud que gozamos en Occidente como si fuera gratis, que lo es, pero no valorado, he podido apreciar tantas cosas como en aquellos lejanos quince años en que el hospital Virgen del Rocío me acogió por primera vez por haberme convertido en un árbol torcido, aunque en aquella ocasión sólo pudieron estropearme más. Ahora he vuelto como una señora que precisa deshacerse de una pieza y he vuelto a ver tantas cosas que lo único que deseo es sol y mar hasta el último de mis días. No sé cuánto tendré que cambiar en mí para que el viaje continúe en las mejores condiciones; puede que haga lo mismo que la muchacha abismo y no me haga más preguntas de las necesarias mientras se cierran mis propios agujeros.
Y buscar( eso si, por favor) el sendero de los jazmines y de las rosas.

miércoles, 22 de enero de 2020

El cuento más bonito

Como en los cuentos, recibí un nombre nuevo al sonido de tu  primer llanto; un sonido puro que venía de lo desconocido, de un lugar absolutamente limpio, y rompió con fuerza cualquier atisbo de comodidad desde ese momento y hasta el presente.
Como en los cuentos, saliste con una llama de fuego en la cabeza en forma de cebolla mágica, menuda pelambrera; unos ojos profundos e interrogadores y una boca rosada como un corazón nacido en el medio del bosque.
Como en los cuentos, tan bonita como para temer la envidia de las brujas malas, y tan lista como para aceptar la vida sin que te importe la lucha; digamos yo fui la teoría y tú eres la práctica, yo escribí unos renglones desde mi idealismo cobarde y tú vienes a completar el texto con una valentía y una honestidad que muchas veces no entiendo.
Porque yo he vivido, hija, y ya no creo en la amistad cuando de brillo personal se trata, ni de intereses desnudos cuando los humanos se juntan, el interés y el desnudo digamos son contrarios pero la juventud no lo sabe.
Aun así, como eres agua limpia me niego a desengañarte, y tendré que aceptar dejarte libre para que vivas por ti misma, lo único que puedo ofrecer es mi disposición a estar aquí para ti hasta mi último día en la tierra, que no es poco para alguien desapegado como yo.
Así pues, felicidades mil, querida hija.
En el cuento más bonito, la princesa cumple hoy dieciséis años, y en el palacio bullen las cocinas para celebrarlo, ignorando por un día la zozobra y los fracasos.
El sol que bendijo aquel oscuro rincón del mundo que era y sigo siendo yo se empeñó en quedarse para hacer más auténticas todas las cosas, en medio del desierto de los calendarios y la tristeza, y la luz llegó para quedarse.
Esta tarde brindaré para que sigamos teniendo la capacidad de entendernos y no sólo amarnos como se aman las familias, por costumbre y ADN.
Y como me gusta el agua limpia me gustas tú aunque seas mi hija, con una entrega infantil que nace como un arroyo de montaña dentro de mi corazón agrietado que reparas con una comprensión difícil para tu poca edad.
Gracias por tu mirada nueva, gracias por tantas cosas.
Feliz, feliz cumpleaños.

miércoles, 1 de enero de 2020

El gen de la soledad

Arrecia fuerte el gen de la soledad, me empuja a bares y situaciones en las que seguramente tampoco sería feliz; me cuenta al oído todo lo que me perdí y me estoy perdiendo, y aunque en el fondo de mi corazón zen sé que no me he perdido nada importante, porque nunca hice nada que no quisiera o digamos, todo lo que hice fue porque así tenía que ser, el gen de la soledad sigue espoleando, me susurra lo ridícula que parezco cuando cuido a alguien, cuando comparto techo con alguien, cuando tengo que ocuparme de alguien más que no sea yo, y esto incluye los lazos maternales, tan jodidos y asfixiantes para uno mismo y tan inevitables cuando has sido tú la nave nodriza y deseas controlarlo todo.
Espero no estar castrando a mi hija como seguramente me castraron a mí, con acciones y palabras sutiles en un bombardeo diario de información errónea que rápidamente te da un sitio en el mundo, en la familia y en la sociedad; después de leer "Ordesa" de Manuel Vilas, sé que esto no es posible, porque estamos unidos por una base muy sólida, una amalgama de experiencias y frustraciones que todo el que se haya tenido que ganar la vida alguna vez comprende perfectamente, o todo el que haya sido padre o madre, o todo el que haya creído lo bastante en el amor como para permitirse una relación larga en el tiempo, o quien se haya levantado alguna vez de la cama con la obligación de llenar las alforjas de recursos.
Vivir es un trabajo en sí mismo, si exceptuamos para aquellos que escriben mensajes positivos como quien se tira cuescos con cuyo olor y, a golpe de entusiastas conferencias,  intentan paliar las frustraciones de los demás, de los esclavos que sufren porque se dan cuenta de que lo son y quieren dejar de serlo. La tarea del gurú en este caso es conseguir que los esclavos se convenzan de que no están tan mal, de que la vida no duele y de que es posible, con el dominio de la mente y del espíritu, transitar por este barrio siempre con una sonrisa en los labios, aunque sea más falsa que un duro de chocolate.
Mi gen de la soledad sabe que esto no es real, porque las capas del vestido que llevamos sólo cubren por arriba, cuando llega la noche y nos desnudamos hay un espejo pequeñito con el azogue muy brillante, el espejito del diablo le llaman , que es el que nos da la medida real del ser que somos.
Ahí todos sabemos si somos grandes o pequeños, libres o esclavos, amados o soportados, deseados o simplemente retenidos, dioses de nuestro tiempo mortal o meros supervivientes, casi siempre una mezcla de todo, y entonces le pedimos al sueño que nos saque de ahí.
Sé que estoy sola, ya lo sabía de pequeña, y leer libros como el de este amargadillo(no es el único, también está Millás en mis últimas lecturas) confirma esta certeza, y no me refiero a sola en la vida, social o civilmente, como oveja de rebaño no estoy sola, no, lo he sabido hacer en ese sentido, mi vestido fue lo bastante atractivo como para enderezar mi vida, y el trabajo que hice conmigo también surtió efecto a raíz de ciertas grandes y profundas decepciones, después de todos aquellos años de ninguneo y mal querencia supe despertar, aprendí, que esto es una cosa fundamental que pueden hacer los seres humanos, aprender de lo vivido para valorarse y darse un abrazo grande a una misma, que no nació para ser mártir sino  para obtener agua como si fuera flor y sol para verdear las hojitas y luego a cambio poder florecer, no para mustiarse en un rincón mientras crece el ego de otro o de otra que hace ver que es aliado pero no es así.
Y con todo el equipaje de quien va para sabio o desea serlo, en el sentido de mantener la calma por encima de las tormentas mientras llegando a tierra se pregunta qué será lo siguiente, tampoco pienso dejar que gane mi gen de la soledad y me haga abandonar a los que quiero, aunque tenga yo, como todos, el derecho básico a masticar mi soledad  sin entregas ni sacrificios, como ya hacen en mi familia desde hace algunas generaciones, todos somos como islas que no desean rozarse y cuando lo hacen , parece que no dan la talla como no la doy yo.
A veces no puedo con mi disfraz, con mi sambenito, con mis obligaciones y mareos; a veces sólo quiero dejar de preocuparme, tirarme en el solaz de una vida caótica llena de libros, en aquella torre de biblioteca que fui capaz de ver mientras leía, entregarme a la lectura como aquellas otras mujeres incomprendidas de la historia silenciada a las que no les interesaba nada más, y llegar así a una profunda felicidad o al menos a la anestesia de los sentidos en pro de un cierto conocimiento.
Pero seguramente ése sería otro disfraz, otra búsqueda inútil, otra fuente de remordimientos, porque quién quiere quemarse las pestañas entre libros habiendo tanto por vivir, por beber, por conocer, por besar, por bailar, por experimentar.
Quién puede saber si en el fondo siempre andamos buscando la paz para con nosotros mismos, el consuelo de saber que vivimos por algún motivo que merezca la pena. En mi caso, y como siempre, tengo el consuelo de saber que en literatura no hay tabúes.
Mientras los que escriben sigan trabajando poniendo nombre a las cosas que me pasan, a mí, tan sola en el cosmos, resulta que no, que no estoy sola; porque hay alguien que se atreve y escribe realidades no edulcoradas sobre esta lucha viva, la pura contradicción del amor y el tedio, ese odioso balancín de emociones y desequilibrios, y la prosa te habla y lo comprendes, y no hay ninguna voz crítica que te riña o te diga "anda no seas así", porque las familias no hablan de esas cosas, de hecho nadie habla de sentimientos, nadie habla de lo que importa, y es mejor que no lo hagas ahí fuera, de lunes a viernes, en tertulias o reuniones, porque pasas por negativo depresivo o sarcástico o cínico o vete a saber qué mas.
Como si uno no pudiera reconocer lo cutre para luego levantarse enseguida, quitarse el polvo de las botas y esbozar una sonrisilla de comprensión, así es.
Se puede reconocer la soledad y luego ejercitarse en meditación , en esperanza, en cielo azul aunque estés compuesto de un ochenta por ciento de vapor de agua de color negro.
Por qué no.
La literatura es el hada que hace posible reconocerlo así.
Somos este raro milagro de deseo y de muerte, de lucha y de pena, de dolor y placer, y en el medio hay un montón de barbaridades , convenciones y engaños.
No pasa absolutamente nada.
Se puede escribir y seguir viviendo.
Yo quiero hacerlo mucho más en este 2020, y cuento con el aplauso de mi torpe corazón.
Y con el amor de vosotros, unos pocos, para que sigáis estando ahí, haciendo de espejito del diablo que da la talla real  de todas mis versiones y viviendo vuestros propios caos con toda la alegría de la que seáis capaces.

Feliz año nuevo y palomas de luz y prosperidad saliendo de esta chistera en 3,2, 1 …..YA!

domingo, 8 de diciembre de 2019

Cúbreme

En la ducha dejo que salga el pis libremente y trato de pensar en el momento en que sea inevitable y se me salga solo. No es un juego macabro, es sólo la necesidad de fantasear con el momento en que perdemos toda fuerza individual para pasar a ser trapitos de fibras en manos de la bendita sociedad, este grupo de enfermos mentales que juegan a acatar normas como si no pasara nada y con eso se aseguran que está todo bien, que mañana no pasaría nada si se abriera otra guerra, que los vecinos y la familia nos quieren de verdad y que  no serían capaces de lo peor si volvieran a tener libertad para hacerlo, y así somos capaces de llegar a viejos para creernos nuestras propias patrañas que son tan tranquilizadoras y nos dan tanta calma como para que podamos seguir vivos.
Supongo que todo el mundo ha visto cómo se trata a los viejos en la intimidad cuando los cuidadores se creen a salvo de miradas, y supongo que todos habéis visto cómo un cazador dispara y arrastra a una perra recién parida y también habéis visto este país curtido en hipocresías y odios cómo rebaja hasta poner a precio de saldo  las caretas  de sonrisas y de discursos normalizadores para quitar hierro a lo importante, una vez más, para que podamos seguir con lo nuestro, para que podamos  seguir vivos tachando de dramáticos a los que sólo dicen la verdad.
Supongo que siempre ha sido así, que el ser humano ha tenido que callar la voz del alma para darle paso a la cañada real, el cuerpo físico con todas  sus putas necesidades, darle curso a todos los miedos para tratarlos como se tratan las décimas de fiebre , con pastillas y olvido, para que sigan ocurriendo las mañanas de rutina y para que la ley pueda seguir siendo cumplida del lado de la mayoría  y todos tan felices.
Lo he dicho alguna que otra vez, que cuando uno está cómodo tiende a perder neuronas, y me sigue costando mucho encontrar el equilibrio entre el deseo de felicidad y la rebeldía que me fue inoculada sólo en esos aspectos de mi ser que no se ven, quizá sólo se despierta cuando bebo, quizá tenga que empezar a ponerle velas a san Bukowski o algún otro borracho ilustre que me inspire cómo se vive tocando siempre el filo del abismo que no queremos mirar.
Mientras tanto, leo y releo estas palabras que me encontré en el revés de una puerta de baño en Sevilla, como si de una nueva biblia se tratara, por probar a ver si os gusta a las almas despistadas que por aquí podáis todavía pasar/( sigo echando de menos a Trini, que partió hacia las nubes y cuya elegía compondré otro día, si encuentro las palabras que habrán de ser como mínimo tan claras como lo eran sus ojos, quizá no pueda conseguirlo), y dice así;

"Cúbreme con tus besos como si te importara
lléname del color de los rosales
hazme creer que somos para siempre
arráncame los guantes de fregar
y cúbreme las yemas de los dedos con tus labios
como si fuera un salmo muy antiguo
como si yo fuera la letra de todas tus canciones.
Cúbreme como si no hubiera más mujeres
ni antes ni ahora ni después de nuestro nacimiento
hazme creer en los milagros ya que existen catedrales
y jardines y acuíferos milenarios y koalas
y la luz del sol tiene esa forma de acariciar la tierra
cada vez que muere una jornada.

Cúbreme como si tu padre hubiera estado enamorado de tu madre
como si mis padres hubieran sido dioses de oro puro
y no anómalos despistes en un baile de pueblo
cuando compraron  libertad con un salvoconducto
ámame como si mi cuerpo te hubiera salvado la vida
redimido de todos los domingos
o de todas las veces que tuviste que callar
para  hacer lo correcto.

Bésame aunque esté vieja y fea
porque será cuando más lo necesite
para que mi alma no se olvide de mi carne
y mi sombra siga creyendo en la belleza.

Seamos así libres como los pájaros
y como ellos frágiles y eternos
una noche cualquiera
debajo de ti como un animal suave y conforme
con el raro suceso de la vida".



domingo, 10 de noviembre de 2019

Tú, a limpiar

Caía la tarde en la calle que ninguna culpa tiene de ser tan cutre, de arrastrar esa deprimente humedad de siglos, y a través de ella entré en el bar a tomar el té con leche con el que intento consolar mi no menos deprimente jornada laboral. Allí, en esa zona putrefacta de la ciudad, la escena habitual dentro del bar me recibió  como un paisaje repetido pintado a golpe de remo de galera; el camarero, el chico joven super amable que es hijo del dueño y echa una mano por las tardes , y dos parroquianos, un empleado de mi propia empresa cuyo turno acabó hace muchas horas pero que por motivos que desconozco y no me importan alarga su presencia en la zona del trabajo, cerveza tras cerveza, quizá tratando de no llegar a ningún sitio interesante ni amado, y un orco con el pelo grasiento y blanco de canas que podrían ser venerables en otro siglo, en otra cultura, un tipo de mediana edad rojo como un tomate que eructa comentario tras comentario, gracieta tras gracieta, con la agilidad mental de los sevillanos de los tópicos, sí, ésos que todos habéis visto alguna vez en las películas. el sevillano que todos tenéis en la cabeza.
Habla el tipo de esto y de aquello, de fútbol y de Antonio Puerta, de política y del precio de las pieles de oso; no me hace falta pedir el té con leche, el chico me conoce y lo sirve, lo cojo, me voy a una mesa, leo un periódico, lo dejo, cojo el móvil, mi verdadera prensa, mi conexión con la familia, con el trozo de mundo que me importa, abro el Facebook, leo amigos, me sonrío, lo cierro, divago mientras el malaje sigue vomitando su corriente de pensamiento inmediato y de repente oigo que grita ;"Mira mira mira "!
Asustada creo que ha pasado algo importante en la calle y levanto la cabeza tres segundos para entender rápidamente la situación; una tía imponente ha pasado por la calle y el orco se entrega a una ensoñación malsana y lujuriosa, será una chica joven, supongo, con un buen culo, no sé, no acierto a verla; vuelvo rápidamente a mi teléfono mientras oigo con asco que el tipo explica que "eso" puede costar unos cien euros, y entiendo que está dando detalles de establecimientos prostibularios que seguramente conoce bien, quizá por haber terminado siendo cliente después de criarse en uno, y en lugar de convertirse en Abel Azcona, o sea, de echarle arte y talento a la vida , ha acabado siendo putero de toda la vida.
Intento desconectar porque no me gusta comer basura, pero entre los segundos siguientes oigo la siguiente frase, "tú no, tú a limpiar" y por un terrible momento creo que se está refiriendo a mí, dado que he levantado la cabeza un momento y soy la única mujer del local. Vuelvo a levantar la mirada pero nadie me mira a mí, sólo encuentro una sonrisa azorada del camarero, una camaradería falsa del cartero de la barra y el desfogue verbal del putero dando detalles de todas esas cosas maravillosas que conoce del mundo femenino al que sólo puede entrar pagando.
(Hay que decir que todo esto está a metros de mí, puesto que el asqueroso ha salido a fumar, así que no tengo la certeza de que las cosas sean como yo las estoy viviendo).
Me siento repentinamente mal, casi físicamente amenazada; en mi cabeza se plantean todo tipo de opciones, desde la película de Clint Eastwood en la que lo arreglas todo con una pistola, de repente Tarantino me parece un tipo genial, uno que entiende de verdad como funciona el mundo y echo de menos un arma, quiero de verdad encañonar al pestilente orco de pelo graso y dejarlo seco allí delante del joven camarero, ofrecerle al cartero una razón definitiva para dejar el alcohol, quiero derramar sangre y salir en prensa, y luego tener un juicio justo y quizá terminar comiendo en Sevilla 2 durante unos años por cargarme un viejo pijo y  putero, y de repente pienso en mi vida, tan bonita, con mis perras y mi familia y mis amores varios, me arrepiento enseguida, no quiero asesinar escoria, entonces la opción empieza a ser levantarme lentamente, hacer la pregunta clave ; "se ha referido usted a mí por casualidad"? y dependiendo de la respuesta, llamar a la policía local y denunciar al tío allí mismo, pero entonces pienso en el camarero, al fin y al cabo supone dar la tarde a uno que está trabajando, convertir mi rato de merienda en una pelea de verbena, sacar los pies del plato sin haber tenido pruebas suficientes de la ofensa, en fin , todo eso que podéis imaginar.
Finalmente me tranquilizo, el orco se va, queda el cartero solo, sigo dándole vueltas a preguntarle si el cerdo me aludió o no, ya no sirve, pienso, ya se ha ido, déjalo, déjalo estar , recupera tu calma y vete.
Pago el té con leche, como si no pasara nada, le doy la vuelta al periódico, el ABC sobre el mostrador, cómo no, en la contraportada el titular me lanza un mensaje sincrónico, es una entrevista a una escritora, no recuerdo el nombre, parece pija pero el titular dice en mayúsculas, "España es un país tradicionalmente machista", me sonrío, le respondo mentalmente, "ya lo veo, ya".
Cuando me voy alcanzo a ver al gorila, con perdón, en una esquina, y escupo sobre su estampa como la gitana que soy, deseándole una mala muerte con agonía larga, no ya por la sospecha de que me haya mandado a limpiar, por haberme desnudado de toda capacidad de seducción, por haberme arrebatado de golpe mi lejana juventud, por reducirme a lo mínimo como desconocida, porque en las distancias cortas yo sé lo que soy y lo que valgo, pero en el escaparate de los puteros no valgo nada y creo que ese tío me lo ha dicho, creyendo que no le oía.
Y pienso dos cosas; cuánta gente en este mundo se podrá sentir como yo en ese momento, despreciados, insultados por lo que son, desprovistos de cualquier atisbo de respeto, por mujer, por inmigrante, por diferente, por lo que sea, qué recursos tenemos en este paisaje cada vez más fascista y más crecido, donde ya se están dando los elementos necesarios para volver al odio y a la legitimidad del desprecio, donde la involución es el camino y para salvarnos tendremos que volver a la cobardía,  al no querer meterse en problemas, al quedarse callado cuando los impíos sacan pecho.
Como niña blanca de clase media nunca me sentí en el lado de los débiles, pero creo que por primera vez en mi vida he comprendido la ofensa y el sentimiento de humillación.
Y espero que me sirva para algo.
La otra cosa es que sé que el bicho necesitará algo de mí como personal público, algún día, en algún momento; puede ser una carta o una llamada al 112, cuando en la misma esquina se le rompa el corazón hastiado de fanfarronería, y entonces lo veré reventar como un triquitraque o como el lagarto de la Magdalena que dicen en Jaén.
Hasta entonces, sé de qué lado estoy.
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No me miréis así; no soy rencorosa, sólo confío en el karma.





domingo, 3 de noviembre de 2019

Limpiezas

He vuelto a limpiar el Facebook, de ciento veintiuno a sesenta y cinco "amigos" , incluyendo gente que ya conocía de antes y cuya deriva no me gusta o me deja fría o no me parece apropiada o sencillamente no interactuamos, así que entiendo que pa qué van/vamos a estar ahí. También  he quitado a miembros de la familia que por muy entrañables que sean comparten cosas muy tontas o injustas con capacidad de análisis cero, no seré yo quien se lo explique. Lo malo de esto es que te permite diseñar un mundo de juguete a tu medida donde la necesaria compasión ante las diferencias personales o ideológicas desaparece por completo en pro de un confort mental que no obstante me parece muy saludable. Así que si a eso le añadimos que llevo unos días emperrada en romper cosas del pasado, desde que leí un artículo sobre oponopono  acerca de lo bueno que es soltar lastre, y que me estoy cargando poco a poco todos los manuscritos adolescentes , haciéndolos cachitos de papel amarillo que termino arrojando a la boca del dragón, nos encontramos con una yo bastante activista en ese sentido.
Digamos que cada día que amanece apuesto por la esperanza, y ya que ésta pasa por la destrucción del pasado, gustosa me ofrezco al juego; aunque entre tú y yo, lector, lectora, te diré que más que el artículo, pesa en mi ánimo la desoladora tristeza que sentí en la última visita a Madrid , en el rastro, en el puestecillo de fotos donde me dijo el señor que no podía hacer fotos, aunque sí hice un mini video que me pasé algunas veces para volver a sentir esa grima destructora con la que tomé conciencia; una montaña de fotos en blanco y negro en su mayoría, en las que gente como cualquiera de nosotros, en ese momento dueños de sus vidas, se tomaron imágenes en paseos de domingo, vacaciones familiares o enamoradas, comidas de campo o visitas turísticas.
Quién les iba a decir que acabarían esos trocitos tan amados de existencia vendidos al mejor postor en un mercadillo, para solaz de curiosos atónitos ante  la fugacidad del tiempo o aficionados al vestuario o usos y costumbres e otras épocas.
Creo que me aseguré a mí misma que prefería romper yo todas mis fotos antes de no ser nadie en unas manos ajenas, porque las fotos sólo significan, entiendo yo, para quien ama o conoce, excepto fotos artísticas o curiosas de interés científico.
Pero fotos personales, todos sabemos que son un rollo si no conocemos a los que salen en ellas.
A no ser que a uno le guste sentir el morbo de saber a ciencia cierta que esos fotografiados anónimos están ya muertos y borrados de la faz de la tierra.
Para eso prefiero visitar las necrópolis romanas, que no sonríen ni dan pena, sólo imparten la lección de la eternidad de la piedra y la liviandad del ser humano.
Creo que mientras espero el resto de limpiezas de cosas que ya no funcionan, ya sean órganos o estaciones,  me iré quitando las capas una a una y con un poco de suerte, quedaré limpia y desnuda del todo, tal como llegué.
Hasta entonces, espero que esta luz mortecina no consiga deprimirnos del todo, para que podamos asistir al estallido de los nuevos días de primavera.
Como en una hoja de ruta cada vez más básica, apunto las tareas quizá ligeramente preocupada por lo poco que escribo según pierdo vista,( esto de la presbicia es exclusiva culpa del carnet de identidad, quizá la única foto que no podré destruir con mis propias manos vivas), el sentimiento de prisa por hacer algo antes de que sea demasiado tarde, dejar algo escrito que sí merezca la pena dejar atrás aunque sea para un rastro de difuntos.

domingo, 27 de octubre de 2019

La condena

Tengo un vecino muy a lo lejos que esta tarde se quedó un rato dentro del coche escuchando música, porque yo creo que era incapaz de dar un paso sin delatarse.
No es la primera vez que se alicata, de hecho es un habitual de un bar donde nosotros también fuimos habituales en verano, y como los ratones de laboratorio, se conoce la senda mínima que lo lleva a casa con el coche, aunque sea un peligro dentro del mismo barrio, salvo que se le cruce un imprevisto cualquier día, suele llegar bien hasta la puerta de casa, sólo que hoy se ha tomado un tiempo antes de salir, no sé si porque le gustaba la canción y quería oírla hasta el final, cosa que yo hago a veces, o porque deseaba dejar pasar un tiempo antes de entrar en casa, aunque desconozco con quién vive.
He visto hijas o nueras y alguna nieta, y antes había un perro, un carlino que se cagaba donde quería y al que  no veo hace ya bastante tiempo, supongo que pasó a mejor vida después de ser maldecido por varios vecinos que se tropezaban con sus cacas en esta calle que es como una línea recta pavimentada en dirección  a la nada, quizá a la vida ordenada y a la rutina arbolada con plantas de vivero, por donde en las mañanas la barredora del ayuntamiento pasea su rascada con la que se limpia la espalda de los desempleados que el ayuntamiento contrata por  meses.
Sí, vivo en una de esas calles de película de Tim Burton, donde las tapias separan a la gente arrullada por taladros domésticos en días feriados y muchas noches, demasiadas, llega el olor a pescado frito exhalando su aliento de Neptuno en horas bajas, como si todo el barrio se hubiera leído las bondades del pescado azul en internet, y entonces me da coraje si tengo ropa puesta a secar, porque mi ropa vuela al aire mínimo del patio con olor de almendras y flor de algodón y muere con la peste de sardinas y boquerones.
Pero como decía, el vecino se bajó al final del coche, y lo sé porque coincidimos cuando yo bajaba la calle buscando un rato de caminata con la que matar los efectos de la glotonería y el café de la tarde, y las ideas tristes y los pelos que blanquea el tiempo y todas esas cosas que una persona de mi edad se plantea no como opción filosófica, sino como obligada reflexión.
Nos cedimos el paso como bailando un ridículo minué y al bajar la calle seguí masticando el poema que tenía atrapado entre las encías, como un trozo de carne o una piel de lenteja.
El poema de la condena. que dice así;
Cumpliré mi condena muy en silencio,
observando mi vida a través del ojo de una cerradura
desde aquel sitio en el que ya he sido todas las que podía ser,
la tierna, la humilde, la mala y la buena
la exultante y la suicida y la madre y la hija
y la que mató con la lengua y a quien mataron
en tardes de lluvia que no acababan nunca.
Cumpliré mi condena acatando la sentencia
de los que saben desde antes de nacer que todo está averiado o en peligro
o es demasiado joven o demasiado viejo como para que pueda ser redimido
o que ya está todo hecho y consumado
y sin embargo
darían litros de su sangre para que los delfines no tuvieran que morir abrazándose en círculos
noches enteras de pena y abandono
azul color azul profundo azul muerte e impiedad
daría yo mi sangre para que las madres no tuvieran que morir abrazadas a sus hijas
y aparecieran en el fondo azul azul profundo azul muerte marina
impúdicamente expuestas en la prensa de los mundo ricos
para que cuatro beatos lloremos en la intimidad de nuestras casas con aire acondicionado
y lamentemos la injusticia en charlas de salón que nada cambian.
Daría yo mi sangre para que este mundo fuera un lugar hermoso para mi dulce hija
no tener que decirle que tendrá que defenderse
que seguirá luchando por las cosas más básicas
como el respeto al otro,
el amor al otro,
la compasión
o un techo
o un lugar donde dormir
o un abrazo.
Pero que también encontrará
como anoche encontré  yo
gente con la que poder hablar de lo fascinantes que son los pulpos
gente con un corazón limpio
con la que pasar alegremente las horas de condena
en estas celdas invisibles a las que llamamos vida
y que creerá en ellos
y en los delfines y en los pulpos y en las flores
que se abren silenciosas cuando amanece
y no creerá las mentiras de los malos científicos
cuando despojan de memoria a los peces y a las ovejas
y a todo lo inocente y bello que hay sobre la tierra.


(Después de una semana dura en la que se mezcla la pasión por la palabra en la novela de la Murdoch, el cansancio físico, la música de Yomuri y una tristeza muy otoñal ).

La mujer abismo

Tras las cortinillas, llegando de la calle, intentando hacerme a la idea de que aquélla iba a ser mi casa por unos días, la sorprendí hurgan...