lunes, 11 de junio de 2018

Dentro de cinco horas, esta mujer...

Dentro de cinco horas, las mujeres se levantarán del lecho, será de noche todavía y aunque el día no haya empezado, ellas lo inventarán igual que paren a los hijos, que no son nada más que polvo y hojas sucias y de repente se hacen carne y llanto y vida, como si fuera cualquier cosa.
Dentro de cinco horas, el fin de semana habrá pasado y tomaré conciencia otra vez de que me debo a una rueda de horarios y rutinas, aunque  entre mis párpados se asome a veces la divinidad que el alcohol me concede y la sociedad me niega.
En cinco horas volveré a olvidar que procedo de una especie casi extinta, que doblegó el cuello de los cisnes en favor del terruño cruel donde los hombres cantaban flamenco, esas historias duras de sudor y nostalgias, y las mujeres callaban en la soledad de cocinas y dormitorios.
No puedo sin embargo borrar las memorias pasadas, donde hay un pueblo blanco y un sol cayendo a plomo, y la mancha del pecado que no era tal corría a borbotones por las calles con el escándalo feliz de la gente libertaria.
A esa tribu pertenezco sin avisos ni carnets de identidad, y desde mi cárcel echo de menos cada día ese amanecer amargo por falta de sueño y excesos carnales, en aquel país al que pertenecen los que viven al día casi sin nombre ni apellidos, ni herencia ni patrimonio ni nada de este mundo que merezca el más mínimo respeto ni tenga el más ligero interés, salvo el de hacer de cada día lo que uno siente y no lo que debe.
Que no doblen las campanas, corre y dile al campanero, decía Manuel Vallejo, que era inteligente natural y cantaor ilustre, y me canta desde mediodías que debían tener sol como tienen mis días, un sol que murió y volvió a nacer para nosotros, y volverá a morir para que nazcan otros, y así la rueda eterna como este mar inmenso que envenenamos cada día y se resiste a morir, como nosotros nos resistimos, hechos de vida y no de muerte.
Quizá la solución esté en vivir borrachos, para sentir que no duele la vida ni importa la muerte, si acaso un poco más que tener un padre indigente o una madre loca o un corazón indigno de uno mismo, puesto que uno sabe que venía a vivir de forma muy distinta a como vive.
Pero vivir tampoco es nada, es como estar dormido, es como ser flor o pájaro o cornisa de edificio, es aguantar inviernos y veranos y un día caer como una pluma o un ladrillo, y en el tránsito tener hermandades o aficiones o apegos y desapegos, es como ser un caballo que bufa y mira con esa indiferencia de los animales las tonterías del que manda, porque el que manda es tonto o es malo, o ambas cosas.
Dentro de cinco horas, dejaré de velar mis pesadillas y me levantaré del lecho vestida de gris y de costumbre.

4 comentarios:

Tracy dijo...

Qué bien lo has escrito.

virgi dijo...

Por dios, qué buena eres, Reyes! Todo, todo, pero el penúltimo párrafo es de libro. De libro del excelente. Jo, sigue, anda...

Isabel dijo...

¡Joder, Reyes, qué bien escribes!

Mi niña, no pares de escribir y de ser feliz, también.

Abrazos.

Sue dijo...

Ay madre, cada vez me gustas más!

Tú no eres gris , aunque lo intentes.

Un beso!

Davinia

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