domingo, 27 de octubre de 2019

La condena

Tengo un vecino muy a lo lejos que esta tarde se quedó un rato dentro del coche escuchando música, porque yo creo que era incapaz de dar un paso sin delatarse.
No es la primera vez que se alicata, de hecho es un habitual de un bar donde nosotros también fuimos habituales en verano, y como los ratones de laboratorio, se conoce la senda mínima que lo lleva a casa con el coche, aunque sea un peligro dentro del mismo barrio, salvo que se le cruce un imprevisto cualquier día, suele llegar bien hasta la puerta de casa, sólo que hoy se ha tomado un tiempo antes de salir, no sé si porque le gustaba la canción y quería oírla hasta el final, cosa que yo hago a veces, o porque deseaba dejar pasar un tiempo antes de entrar en casa, aunque desconozco con quién vive.
He visto hijas o nueras y alguna nieta, y antes había un perro, un carlino que se cagaba donde quería y al que  no veo hace ya bastante tiempo, supongo que pasó a mejor vida después de ser maldecido por varios vecinos que se tropezaban con sus cacas en esta calle que es como una línea recta pavimentada en dirección  a la nada, quizá a la vida ordenada y a la rutina arbolada con plantas de vivero, por donde en las mañanas la barredora del ayuntamiento pasea su rascada con la que se limpia la espalda de los desempleados que el ayuntamiento contrata por  meses.
Sí, vivo en una de esas calles de película de Tim Burton, donde las tapias separan a la gente arrullada por taladros domésticos en días feriados y muchas noches, demasiadas, llega el olor a pescado frito exhalando su aliento de Neptuno en horas bajas, como si todo el barrio se hubiera leído las bondades del pescado azul en internet, y entonces me da coraje si tengo ropa puesta a secar, porque mi ropa vuela al aire mínimo del patio con olor de almendras y flor de algodón y muere con la peste de sardinas y boquerones.
Pero como decía, el vecino se bajó al final del coche, y lo sé porque coincidimos cuando yo bajaba la calle buscando un rato de caminata con la que matar los efectos de la glotonería y el café de la tarde, y las ideas tristes y los pelos que blanquea el tiempo y todas esas cosas que una persona de mi edad se plantea no como opción filosófica, sino como obligada reflexión.
Nos cedimos el paso como bailando un ridículo minué y al bajar la calle seguí masticando el poema que tenía atrapado entre las encías, como un trozo de carne o una piel de lenteja.
El poema de la condena. que dice así;
Cumpliré mi condena muy en silencio,
observando mi vida a través del ojo de una cerradura
desde aquel sitio en el que ya he sido todas las que podía ser,
la tierna, la humilde, la mala y la buena
la exultante y la suicida y la madre y la hija
y la que mató con la lengua y a quien mataron
en tardes de lluvia que no acababan nunca.
Cumpliré mi condena acatando la sentencia
de los que saben desde antes de nacer que todo está averiado o en peligro
o es demasiado joven o demasiado viejo como para que pueda ser redimido
o que ya está todo hecho y consumado
y sin embargo
darían litros de su sangre para que los delfines no tuvieran que morir abrazándose en círculos
noches enteras de pena y abandono
azul color azul profundo azul muerte e impiedad
daría yo mi sangre para que las madres no tuvieran que morir abrazadas a sus hijas
y aparecieran en el fondo azul azul profundo azul muerte marina
impúdicamente expuestas en la prensa de los mundo ricos
para que cuatro beatos lloremos en la intimidad de nuestras casas con aire acondicionado
y lamentemos la injusticia en charlas de salón que nada cambian.
Daría yo mi sangre para que este mundo fuera un lugar hermoso para mi dulce hija
no tener que decirle que tendrá que defenderse
que seguirá luchando por las cosas más básicas
como el respeto al otro,
el amor al otro,
la compasión
o un techo
o un lugar donde dormir
o un abrazo.
Pero que también encontrará
como anoche encontré  yo
gente con la que poder hablar de lo fascinantes que son los pulpos
gente con un corazón limpio
con la que pasar alegremente las horas de condena
en estas celdas invisibles a las que llamamos vida
y que creerá en ellos
y en los delfines y en los pulpos y en las flores
que se abren silenciosas cuando amanece
y no creerá las mentiras de los malos científicos
cuando despojan de memoria a los peces y a las ovejas
y a todo lo inocente y bello que hay sobre la tierra.


(Después de una semana dura en la que se mezcla la pasión por la palabra en la novela de la Murdoch, el cansancio físico, la música de Yomuri y una tristeza muy otoñal ).

domingo, 6 de octubre de 2019

Elise

Hoy aparece Elise en esta vida, en este blog, para ponerse un traje nuevo de piel limpia, para estrenar la mirada aunque aquellos ojos que como los de Anna Quentin en la novela que estoy leyendo de Iris Murdoch , ya no se abren redondos frente al mundo, sino que más bien se han empequeñecido, porque son los ojos de una persona que "no se ha defendido contra el paso del tiempo".
Elise puede seguir aprendiendo muchas, muchas cosas, puede seguir leyendo cientos de libros y asimilando otras formas de vida que le apetezcan , porque Elise es libre y puede darse el capricho de tener emociones no siempre positivas, pensamientos sombríos y sus contrarios, puede paladear otros sabores y puede de todas formas seguir aquí, aunque no se lo permitan los tiranos de los lugares comunes y la estadística, Elise puede escapar de la profecía cutre de los oráculos, de los compromisos adquiridos, no malos, ojo, muchas veces resultado del cariño hacia semejantes, o familia o lo que sea. Elise puede hacer lo que quiera, incluso renunciar al sexo, porque está harta de las revistas de farmacia donde se da a entender que es bueno que la gente mayor folle, con el mal gusto que eso supone, en un mundo donde el deseo es una puta canción de reggaetón en cuyo clip una morena recibe cuarto y mitad por parte de un musculoso panel humano lleno de tatuajes, de repente Elise se siente muy fuera de todo eso, sin ganas de seguir hablando de deseo como hace diez años, o más que sin ganas, podríamos decir sin interés, como una no puede ser adolescente toda la vida.
No es por juzgar a nadie, pero si dicen que Gandhi renunció al sexo cuando todavía era joven, porque tenía cosas más importantes que hacer, por qué no aceptar esa idea como una cosa más, sin escandalo ni condena. Ella, la integrista de las pasiones humanas, de repente domesticada y dócil frente a esos atardeceres, metiendo su caduca sensualidad en una maleta sin remite, o en una cesta de mimbre para echarla al Nilo, quién sabe si los dioses sabrán qué hacer con ella, con su sangre caliente y su  cuerpo rebelde que no quiere cansarse ya en el esfuerzo de mantenerse vivo artificialmente, forzando la máquina o trucando pulsiones infantiles.
Ahora que lo piensa, Elise siempre fue más cerebral que otra cosa, siempre fue la azotea la que mandaba humedecerse el cono sur, la que decidía de quién enamorarse y de quién no, menos alguna vez que se engañó pensando que también era parte de la biología como los gorilas del zoo siguen respetando sus ciclos de celo hasta que caen redondos el último día de sus vidas.
Claro que Elise no es una gorila, es sólo una mujer muy mental que ahora empieza a aceptar que gusta de otros placeres, y se levanta de la siesta un  domingo y entiende una cosa, única y clara como ese rayo de sol empecinado que juega tras la cortina, lamiendo las últimas horas de la tarde (el verbo lamer, tan usado en narrativas malas) que pudiendo experimentar orgasmos en soledad, cuatro o cinco si el momento es bueno, y quedando todo esto en el ámbito privado de la intimidad de las personas, sin que pueda ser materia de estudio ni le importe a nadie, si puede tener esa misma sensación leyendo descripciones de calidad en literatura y rodearse de esos libros inteligentes que susurran al alma y le dicen que todo está bien tal como ha sido creado en nuestra vida, que una puede ser más vieja y más fea que ayer, pero más libre, que hay personas que lo tienen todo tirado en una habitación llena de objetos de teatro, que esa habitación puede iluminarse con una pequeña lámpara de rincón a la que le han puesto gasas por encima, y taparse con una piel de oso de atrezzo de teatro ("el arte más puro"),que así se reencuentra el amor cuando una de las dos partes necesita simplemente un sitio donde vivir, que eso no tiene la más mínima importancia para ninguno, que las personas no funcionamos con códigos ni con secuencias que se paguen con monedas, que un profesor de filosofía puede recomendar a sus entregados alumnos, aun siendo docente y enamorado del pensamiento, que se alejen de ella, que se busquen un empleo estable, si una puede aceptar todo esto también puede aceptar que no le guste limpiar el polvo, o que le gusten las galerías de un centro comercial o no quitarse los pelos del coño o no estar siempre disponible o estar pensando el latazo que le resultan las confesiones de familiares y entorno, aun siendo tan entrañables, tan dignas de amor y atención , como las cosillas de una hija, o bien llamar a las cosas por su nombre cuando una jornada laboral supone la muerte de tres o cuatro cientos de neuronas en una población seguramente ya bastante afectada, aunque en este caso no por la edad, sino por la locura que supone la rutina y la actitud de servicio, más quemante para una mente inquieta y lo que casi seguro debió ser un corazón viajero, que cualquier otra cosa en este mundo.
Si podemos aceptar el trato que los escritores, las escritoras en este caso, con más de dos dedos de frente, nos proponen, seguramente lo vamos a pasar mejor, caminaremos hacia la gratitud cada hora de la existencia, felices de encontrar voces que nos quitan las etiquetas de bichos raros con la facilidad con que un gorila de zoo alumbraría el oscuro rincón de un muelle portuario con la luz de una linterna prestada.
Elise encuentra ropas verdes de terciopelo, encuentra un idilio consigo misma, un perdón que le ha sido negado muchas veces, una libertad insospechada.
Elise guarda en sus oídos la canción del mar, y se guarda la utopía en el regazo y la acaricia como un gato, sin saber realmente si podría hacer algo más que lo que hace, si podría intentar vivir de otra manera, aunque en el fondo sabe que no lo está haciendo mal del todo, porque en la ocultación de la sombra a los que amamos también está el principio de todo amor, es bueno que nos perciban sólo como vemos a la luna, la parte visible como inspiración de toda belleza, pero la cara oculta, ésa nos pertenece sólo a nosotros como individuos.
Elise está encontrando un camino nuevo, y en la mochila lleva muchas voces de mujeres que ya vivieron y dejaron libros en los que la gente no pretende caer bien, está dejándose atrás el disfraz de jovencita que desea embaucar a todos, (ya no le sale bien, las jovencitas  de 50 suenan a música de circo y a fragilidad impostada), está empezando a darse permiso.
Elise busca, y Elise encuentra.


domingo, 29 de septiembre de 2019

Las cosas que hicimos

Cuando pase los dedos por los libros no escritos, cuando piense canciones que he amado a través de tanto tiempo y espacio como puede tener una  amapola, cuando crea que muero sin que sea verdad, tendré un lugar, una especie de bote de cristal como el que pueda tener una granjera despistada en su alacena para atesorar los frutos rojos del invierno, pues ahí es donde habré guardado las cosas que sí hicimos.
Y entre ellas el encuentro de ayer, un rato de charla y cervezas con uno de los personajes que considero emblemáticos de mi época bloguera, como yo le llamo, la época salvavidas, cuando manejaba aquel bote de palabras en madrugadas azules que no acababan nunca , cuando echaba las redes para el consuelo y las sacaba repletas de relucientes pescados color plata que luego se quedaban saltando dentro del bote para ayudarme a vivir. Nunca tuve más intención que ésa, que alguien me ayudara a vivir con sus halagos nacidos más allá del océano, y si acaso pensáis que eso es poca cosa, os recuerdo que ha habido gente a lo largo de la humanidad que se ha salvado gracias a un mensaje por radio, a una comunicación casual emitida desde espacios lejanos, a un destello de linterna o a la sombra de una figura al otro lado.
Pensar sólo que hay alguien que te admira por lo que eres, cómo escribes o cómo piensas , pensar simplemente que alguien puede tener entre sus manos tu corazón por unos minutos de su largo día lleno de obligaciones y responsabilidades en la larga fiesta de las máscaras, (que cada uno soporta como puede), es un motivo lo bastante atractivo como para seguir, y alentar de esa manera la esperanza.
Cuando todos teníamos blogs activos, creo que eso fue lo que hicimos, echarnos salvavidas unos a otros, acariciarnos las panzas como haríamos con perritos sin madre, juntarnos las palabras para que ellas hicieran de abrigo para tal o cual cosa que ahí se expresaba, ya fuera emoción o sentimiento o simple cuaderno de bitácora, y cada cual con su rostro verdadero o su antifaz de colores, encontramos, creo, mucha gente curiosa a nuestra medida.
En mi caso debo decir que obtuve mucho más de lo que esperaba, porque con el tiempo conocí gente que albergaba exactamente lo que dejaba ver en sus escritos; hasta la fecha sois más de una que sigue en mi vida aun en la distancia, con los espíritus a veces tan cercanos como las cometas que se encontraran en el aire cuando el viento decide juntarlas y no antes ni después, sin la obligación del surco de un cuadrante ni calendario.
De hecho se me están olvidando las fechas , como si nunca hubieran tenido importancia, y es verdad que no la tienen a partir de cierta edad, como los libros olvidan quién los hizo  y cuándo fueron escritos.
En la vida todo es un baile de rosas y espinas, y al final todo acaba pasando, dejando tras de sí los zapatos sucios de las bailarinas, sus lazos de pelo tirados en el suelo, las botellas de vino vacías, los ropajes que usamos para seducir y los grilletes que llevamos, ya enmohecidos, en las esclavitudes que decidimos asumir con gusto.
No queda mucho más , pero es importante haber tenido esas chispas en la trayectoria, haber vivido poniendo todo el interés que puede tener un buen trago de vino fresco a la garganta.
Así definiría a mi querido Genín, a quien al fin abracé con muchos años de retraso, (ya nos pilla a ambos redondos y talludos, como se puede ver en la única foto , absolutamente mítica, que voy a poner con su permiso, que será solicitado inmediatamente después de terminar estas líneas), pero que creo disfrutamos enormemente.
Un buen trago de vino es este hombre que tanto vivió y sobrevivió, una persona que al igual que otra viajera de estos lares , me sirve de inspiración con su ejemplo de palabra viva, de humor tenaz que se cuelga de la realidad y la transforma, me atrevería a decir que la convierte en lo que a uno le sale de los cojones, con toda su carga de frustración y batallas necesarias pero sin bajar la guardia para que nadie pueda decir que nos rendimos.
Ésta es la gente que me inspira, no los titulares de prensa, ni las revistas de farmacia, ni los artículos de salud ni los percentiles ni los pronósticos del FMI ni mucha, muchísima gente, mucha más de la previsible, gente domesticada que trato y atiendo a diario.
Fue maravilloso pisar el ranchito, después de tantos años de imaginarlo, al final nada es lo que inventamos pero al mismo tiempo es exactamente lo que creímos,( Genín por ejemplo  es más alto y corpulento de lo que me representé, sin embargo Pitu se redujo de la setter de mi imaginación a una monada  de apenas unos kilitos de peso con la mirada de reina y la cola como una pluma blanca para atraer los buenos vientos pero aparte de eso, todo en el reino de Genin cuadró).
Y así como cuadra el corazón con su latido  y la hojilla con su rama, yo también me colgaré de esa energía volcánica que a veces tenemos los derrotados para echarnos a vivir, ahora que sabemos que la edad sólo es un impuesto cabrón que tenemos que pagar por la inevitable caducidad , pero que no puede con una mente que se resista.
Así es como te percibí, tan joven como siempre serás, y yo seré, porque también me niego a enmohecerme , que digo yo que por algo en el bar te conocen así, por el verdadero nombre, Joven, y jóvenes seremos forever and ever y que le den por culo a  la tristeza.
Como una chispa, como un fruto rojo en mi bote de cristal, como un trago de vino fresco directo a la garganta , ése es mi dulce recuerdo de un encuentro que fue con años de retraso, qué digo, no, justo en su momento y lugar precisos, el día de ayer, cuando la vida volvió a echar a andar después de una noche de dolor y pesadilla.
Como la vida misma que se reinicia a cada rato.
Cuántas aventuras le quedarán todavía al alma libre, eso se lo dejaremos al oráculo del sur, que ahora mismo está fuera de cobertura.
Ni falta que nos hace, porque con este presente que tenemos lo tenemos todo.
Gracias, gracias, gracias.
Y salud.

domingo, 8 de septiembre de 2019

Starman

Lo vimos cruzar la calle República Argentina con el semáforo en rojo para los peatones, un poco echado hacia delante como la gente que está mal dibujada, un poco varado hacia la derecha, con los pies abiertos haciendo andares extraños, con una bolsa de papel donde podía leerse una marca de calzado en una mano; una moto le sorteó peligrosamente, vestía camisa amarilla y llevaba la cabeza rapada, su tono de piel era blanco lechoso, nos sorprendió verlo cruzar así en dirección al metro. Cuando el semáforo cambió cruzamos nosotros también, y al llegar al acceso al metro vimos a nuestro hombre parado, mirando al suelo, con expresión pensativa, su bolsa de papel en la mano, sin hacer ningún gesto ni movimiento.
Tanta prisa para pararse así, sin motivo.
Nos dio tiempo de entrar a las puertas de acceso mientras mirábamos hacia atrás con un poco de reserva, preocupados por si le estaba dando un chungo de ésos que fulminan a la gente y los borran en directo sobre el paisaje urbano, por si se tambaleaba y se caía, por si necesitaba ayuda, aunque ya una vez dentro del metro era bastante probable que las cámaras lo estuvieran grabando y alguien pudiera detectar más pronto o más tarde una indisposición de trágico resultado, o esto es lo que creemos en las ciudades.
Volver la cabeza y mirarlo, al menos en mi caso, con la timidez de no querer ser cotilla, total, la gente tiene derecho a ser rara, a no ser preguntada por su comportamiento cada minuto si algo no se ajusta a lo que consideramos normal, pero realmente desarrollamos entre los tres una teoría de lo que podría estar pasando.
"Se ha gugueado"- dijo Selene, y me explicó que eso es cuando el ordenador o lo que sea se bloquea y no puede seguir haciendo lo que estaba haciendo, entonces actualmente tenemos tantas formas de guguearnos (supongo que se escribe usando los caracteres de Google) como enfermedades degenerativas, pero lo del hombre calvo de la camisa amarilla, con aquella palidez sospechosa y lagartija y aquella inmovilidad cerúlea era otra cosa, como más inmediata, más evidente.
Era un alienígena que recién estrenaba un cuerpo prestado , y que tenía serias dificultades para pilotarlo, por lo que se había parado en la puerta del metro para repasar las instrucciones o emitir algún tipo de consulta con la que poder continuar.
Llevados por la imaginación y la perfecta verosimilitud que ofrecía la imagen, pensamos que si conseguía entrar (hasta que bajamos en el ascensor continuó allí, como una estatua, sin mirar un teléfono, sin buscar la tarjeta, sólo quieto, atento a una especie de voz interior, o quizá un reseteo), seguramente bajaría con nosotros al final de línea, donde hay un campo, una extensión abierta sobre el cielo de Sevilla, muy apropiada para ser recogido por una nave espacial sin demasiados testigos siendo como era un día entre semana (los fines de semana con la tendencia a la  botellona en el aparcamiento la cosa se complica), y Selene me confirmó que hay teorías consistentes sobre esto de la infiltración entre humanos  de seres procedentes del espacio, a lo que le dije con total sinceridad, como cada vez que doy por sentada la fuerza de nuestra carga espiritual y la veracidad de las otras puertas, en un entramado en el que por pequeños no podemos considerarnos ni únicos ni simples trozos de carne con ojos, aunque algunos lo sean , pues como digo con total fe en lo que estaba diciendo le respondí que sí, que nuestro hombre era uno de ellos, pero que por torpe lo tenían que recoger ya, como resultado de una misión fallida.
El metro empezó a llenarse y lo vimos sin embargo subir al vagón, había conseguido ponerse en movimiento;tomó asiento entre la gente y de lejos lo espiamos a ver cómo lo llevaba, todo bien, aparentemente uno más en la fauna cansada de un día laboral, sólo distinto por el color pálido y un cierto desconcierto.
Con decepción vimos cómo bajaba en Amate, muchas paradas antes de la estación final, donde sin duda lo podrían recoger con más tranquilidad , así que pensé, bueno, otra vez se ha equivocado, éste no tiene futuro como infiltrado.
Es mucho mejor que sea un tipo humano con alteraciones debidas a cualquiera de las numerosas patologías que padecemos en la colmena, y que llegue a su casa tranquilo y que se quite los zapatos y cene algo ligero mientras ve un rato la tele, más tranquilizador que imaginarlo como una criatura perdida en un mundo de vagones chirriantes y señales luminosas y sonoras cuyo significado hay que aprender.
Bueno, encogimiento de hombros y continuación de la ruta.
Ahí se hubiera quedado la cosa si esa misma noche, mientras A. y Selene sacaban a las perras cerca del olivar, una gran bola de fuego no hubiera cruzado el cielo por unos segundos, ofreciendo un espectáculo nada usual en esta zona con suficiente contaminación lumínica como para no apreciar más que alguna perseida gorda y esporádica.
"¿Lo véis? Bajaron a buscarlo pero no lo encuentran; se equivocó de estación, lo que demuestra que nuestro turista alien es excesivamente torpe; espero que puedan recogerlo de todos modos antes de que lo haga un hospital ".
Esto dije yo cuando me lo contaron al llegar a casa (yo me lo perdí, por floja, que no quise sacar perras esa noche).
Mientras escribo esto, en la tele ponen alguna de las películas de la serie de Hombres de negro, y pienso, cuántas veces más la realidad podría responder con hechos a mis ansias de ficción.
O dicho de otro modo, cuántos serán los caminos con los que la fantasía siempre ha conseguido responder usando el lenguaje de la realidad, hasta transformarse en cosas que pueden verse, tocarse y sentirse.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Ensayo de la vejez, extra, extra

Cuando abres los ojos y ves que ves menos, y que la cabeza se te cansa y que la digestión es pesada y que todos los días se repiten , te dices a ti misma, estoy vieja, pero ya no te acuerdas de que la capacidad para vivir la rutina como una pesadilla la tenías ya de joven, y que entendiste la vida como una pesada carga desde la primera flor y que por eso te tronchaste, por obedecer la orden del cuadro de mandos neurológico desde el primer albor.
Sin embargo hoy sabes que la vida es un tanque que atraviesa campos y ríos, a veces cenagosos, y que las flores tienen la costumbre de explotar incluso a través de las grietas del asfalto, y que ésa es más o menos la habilidad que también los humanos poseemos.
Negarlo sería de tontos así como la necesidad de inventar cada mañana el horario que parezca nuevo para no morir de aburrimiento, y con más o menos gallardía también  solemos conseguirlo.
Debo decir que si no fuera porque existe gente que escribe hace años que me consideraría loca, defectuosa, mal etiquetada como la carne con listeriosis, nueva marca turística de la tierra en la que habito, en la que nunca pasa nada y el sentido del deber de los políticos es tan visible como la cagada de una mosca recién nacida.
Sé gracias a los que escriben que lo que me pasa no es nada malo, es una pataleta y un pasmo continuo, pero también una queja y un lamento y un beso largo y frío cuando ya no esperas nada, una caja que no quieres abrir pero que abres de todos modos, el impulso de llevar la contraria cuando todo el mundo está aceptando la ignominia como lo más normal del mundo, justificando el crimen y acatando el desastre.
Aquel senegalés tenía razón, uno lo que quiere al final del día es ir a su casa y abrazar a su familia, y tenía razón, creo que eran los tiempos en los que yo conocía las calles por obligación, porque desde mi ranciedad sevillana, desde mi enfoque cómodo de las cosas, no sabía que tanto desmán fuera posible para gente que quiere ganarse el pan sin más, digamos que me asomé a un mundo nuevo por el ojo de una cerradura para que mis ojos también se abrieran, y aunque no llegué a abrir la puerta del todo, sí me dio tiempo a ampliar mi horizonte con el otro punto de vista posible de las cosas, esa joya de la corona espiritual que las señoras retrógradas y los padres de familia que se creen buenas personas  jamás conocerán.
Al final llegué a la conclusión de que lo único que podía hacer era el máximo bien posible en el circulo más pequeño a mi alcance, y que con esto sería suficiente para ese entorno cercano, y que desde luego, desde ahí podría poner otro color a mi propia realidad.
Ahora mismo el mundo no está por esa labor, pero tampoco hay que ser derrotistas; si apagamos por unos meses los noticieros y nos dedicamos al de al lado con un poco de empatía, en poco más de media luna estaremos con ganas de mandar a tomar por culo el deseo de muerte y las voces de la vejez, que blanquea nuestras carnes otrora sensuales y afloja los pocos músculos como gelatina de arroz, abrazando otra vez la vida como si fuera lo único que se nos permite, porque de hecho ésa es nuestra máxima libertad.

miércoles, 17 de julio de 2019

Vendo baratas mis penas

Ahora que tengo recientes el color y la luz de Dublín,  me he acordado de aquel matrimonio irlandés, padres de cuatro hijos, tan encantadores y educados como son los sajones en nuestro imaginario, pero en su caso era verdad, eran muy amables y cálidos ,  no al estilo del presidente de aquella comunidad en Tenerife sur ,que siendo británico y amable también, era frío y falso como una grulla, y que me perdonen las grullas, se me ha venido a la cabeza, no sé por qué, porque aquel señor (curiosamente apellidado Ireland) era más estirado y se notaba que era de otro palo. Los dublineses en cambio hablaban con los ojos y te abrazaban con la palabra, y cuando supieron de mi angustia, me dieron ánimos con todo el cariño del que fueron capaces; fue así cómo supe que tenían cuatro hijos y que dar vida no era el fin del mundo para nadie, más bien suele ser el principio de todo. Pero yo sabedora de todas mis fallas, de los múltiples defectos de aquella relación que sería vehículo de esa nueva vida, tratando de adaptarme a una vida en la isla (otra isla, y qué importante fue, creo que desde que nací he ido pidiendo asilo en los trozos de tierra que flotan en el mar, por alguna misteriosa razón que seguramente ni exista, por mucho que me guste inventar vejeces para mi alma acuática y últimamente agotada), en plena batalla enésima de lucha y supervivencia, no estaba para verlo. Envenenada o iluminada por una supuesta óptica pesimista de la vida, ahora soy tan repulsivamente humilde que doy asco.
Ya cada vez me permito menos juzgar a nadie porque después de haber vivido sé que en cualquier momento podemos cagarla por muchos libros que hayamos leído, imagina quien jamás haya leído ninguno, qué trastazo puede darse en el primer encontronazo con la vida, ya sea un mal amor o un desastre cualquiera.
Como digo, los dublineses me dieron su dirección para que les escribiera, para que les visitara algún día con mi hijo, cuando todo hubiera pasado, y yo perdí su dirección,
Es más que probable que el papelito saliera volando en la primera tormenta, entre el accidente que facilitó que dejara el empleo aquél y el lastre del embarazo, que consistió en una secuencia de dolores y molestias y en mi transformación en burra campestre, o quizá en todo lo que pasó después hasta la ruptura del huevo del que salió no un niño, sino una niña preciosa que  modificó para siempre mi escala de prioridades.
El caso es que me hubiera gustado ahora haber podido encontrar esos amigos dublineses entre esas calles mojadas por la lluvia, entre esos patios de vallas cortas donde a veces explosionaban flores vivísimas y otras languidecían  vehículos aparcados en la puerta o en cualquier pub de madera  de los muchos que allí hay repartidos para beber unas pintas chapurreando amabilidades en inglés.
La verdad es que ya ni recuerdo sus nombres, como ellos no recordarán el mío.
Yo sólo he recordado no sé por qué, vuelvo a decirlo, que para explicar lo que me ocurría recurrí al lamento y al retrato triste de mi realidad, que es un efecto que suele provocar el miedo.
"¿Cómo te va?"
"Ahí tirando".
Cierto es que hay gente que con ese "tirando" incluyen una abuela con Alheizmer, un marido con cáncer de pulmón, un trabajo de turnos de noche, hijos adolescentes en plena batalla y hasta nietos a los que hay que llevar a la guardería, en un eterno bucle de no tener tiempo ni para rascarse las trompas de Falopio,(porque la mayoría son mujeres).
Pero normalmente en un "tirando"  no podría incluirse un embarazo exitoso, por mucho que fuera en una isla, lejos del entorno familiar, al menos tenía empleo, tenía el idioma, tenía una casa y tenía seguro médico.
Qué cojones; pero el miedo tiene estas cosas, tiene el poder de hacer que una venda baratas sus penas para provocar qué, la comprensión de unos irlandeses,  la compasión de tus semejantes, la indulgencia en el ámbito laboral.
"Ohh, es que éste no es el momento, ohh, es que no estoy preparada, ohh, es que soy una perrita abandonada bajo la lluvia, no sé si voy a ser capaz de salir adelante , etc etc etc ".
Me hubiera gustado poder mostrarles a los O,brien?(O, connel? Mulligans? Murphy?), el resultado de aquellas turbias cavilaciones, en forma de una hija ya guerrera a la que soporto con dificultad pero admirable en su belleza y determinación, en cuanto que habita este mundo y aspira a cambiarlo con la fuerza y el idealismo de sus pocos años, heredera de una luz que yo ya he olvidado.
Mi alma agotada jugando como ha hecho siempre se pregunta si no hubiera sido mejor componer una canción como "Perspectiva Nevsky" que tener una hija,(por cierto alguien sabe dónde está mi amado Franco Battiato?), pero el espíritu de los tréboles irlandeses ha respondido que me deje de tonterías, que la belleza suele salir de la destrucción y la iniquidad, que en el curso de los ríos nadie se pone a hacer comparativas, y si no fíjate en la isla esmeralda, saqueada por los vikingos, con duendes que empujan a los suicidas hacia los acantilados  y cientos de canciones en gaélico fundiéndose por pequeños mares de flores rabiosas en las callecitas de Galway, todo ello la amalgama final de siglos de historia seguramente poco digna.
Ésas son mis actuales gotas de sabiduría pero volveré.
Volveré para hablar de la catedral de san Patricio, a cuya salida volvió a caer la lluvia, llevándome con el pensamiento a esas ventanas misteriosas de otras vidas, vidas que se iluminaron débilmente con el candil de la fe una vez perdido el cuerpo,(tantas han sido arrancadas en nombre de la guerra, aquel árbol del recuerdo con papelitos colgados de sus ramas), del color verde y de esos días larguísimos en los que a las cinco de la mañana ya había luz como en España a las siete, de la tumba compartida de Jonathan Swift con Stella, de la calma que trae aparejado el cambio de paisaje, lo hermoso que es callarse y pensar, sin nada más que hacer, mientras se viaja.
Volveré para dar gracias porque el vicio de vender baratas mis penas ha ido remitiendo en pro de una actitud más sana aunque siga tendiendo al drama de una manera  supersticiosa, pero más amortiguada, que me deja espacio para digerir la belleza del mundo.
Porque he sobrevivido al esperar que en efecto había más, había mucho más que ver, disfrutar, amar, admirar, abrazar;
ojalá un par de alas para acudir volando a salvar a aquellas otras personas que cargan con sus penas como si fueran sacos de patatas, ésos a los que el héroe chino definía como "es fácil reconocerlos, caminan como si no tuvieran alma", para pasarles las páginas del libro por un segundo y decirles sólo "tranquilos, tranquilos, todo esto va a pasar", no hay ninguna heroicidad en ello, no te estoy acusando de cobardía, no te juzgo, sólo espera, espera un poco, realmente es muy difícil descubrir el alba dentro de las sombras, pero el amanecer no suele llegar tarde.
Me sale solo dedicar este post a Eileen Murphy y a todos los que se acercaron a aquel lugar de belleza mística de Moher para acabar con su sufrimiento; también a los que yo he conocido incluso desde la época del instituto, a los de oídas, con balas o pastillas de sombras o con cualquier otro puñal de pensamiento, de cansancio, de tristeza o de hartazgo.
Ellos, los irlandeses, también lo pensaron, y honran su memoria como el viento acaricia la hierba verde de este lado.




domingo, 16 de junio de 2019

La vida a ratos

Ése es el título del libro que estoy leyendo de Juan José Millás y al fin albricias, al fin un texto que me inspira y me hace pensar; y aun así busco la manera de contradecirle, porque debe haber otra forma de hacerse viejo, debe haber otra forma de vida en Occidente que no sea sobrevivir a base de gin tonics de media tarde, revisiones médicas y psicoterapia.
En los últimos tiempos parece que es necesario enfrentar la esperanza al raciocinio, entendido éste último como una sucesión de realidades, y qué es la realidad, lo que vocean las noticias, lo que dijo tu madre cuando tenías diez años o lo que opina el médico  o el sociólogo.
Por mi parte este tipo de escritura me provoca con voluptuosidad, tengo tanta capacidad para el río amargo como tres Millases juntos, aunque jamás , seguramente, tendré su capacidad de trabajo ni de conciencia de escritura, ni su valentía para ser amargo (hay que ser valiente para ser tan amargo, es una especie de humildad),pero sí, según lo leo, en mi cabeza resuenan todos los miedos, esos capítulos que podría escribir si llevara un diario de a bordo, cada momento de pánico, cada ocasión de analizar el sinsentido, la boca infernal que a todos se nos traga al amanecer y nos devuelve al sueño rechupeteados y agotados cada noche para que volvamos a empezar, soldados urbanos de la angustia y las neuras familiares, sociales o laborales, este  ejército de zombis en que se han empeñado en convertirnos a base de obligaciones y falta de pensamiento y /o necesidades inventadas.
Qué tentador poner esa lupa que todo escritor lleva dentro para aguar la fiesta de los días, ya de por sí estropeados como la fruta de vivero, sin sabor ni olor , tan sólo con apariencia, qué tentador dejarse caer por la pendiente y hablar para sí mismo contándonos todo lo que nos parece mal, lo chungo que le pasó a éste y al otro y sentir en el lomo el escalofrío del caos.
Sin embargo no lo haré, por mucho que me gusten las palabras tristes, tan bellas y sonoras para quien nunca deja de pensar, para quien creció soñando en otras vidas, para quien el suicidio siempre estuvo ahí  como la propia vida, para quien deseando ser místico se agarró torpemente al miedo por la picadura de un mosquito o una operación quirúrgica, para quien la melancolía nunca fue pecado, para quien ya en la infancia se dio cuenta de que ciertas cosas es mejor no contarlas nunca porque la gente llama depresión a cualquier cosa, como si no tuviéramos el derecho a pasmarnos ante el misterio o la obligación de la vida.
El otro día murió en Sevilla un poeta barcelonés que no conocía, alguien que quizá nadie nombrará fuera de esta ciudad a la que llegó en los años ochenta, a la que ha dejado varios hijos en forma de novelas, disco libros y performances que justamente empecé a consumir ávidamente en internet, porque de las cosillas que hacía ha quedado constancia ; a través del obituario que una poeta amiga colgó en Instagram , tecleé su nombre y le hice mi homenaje en forma de seguimiento póstumo. Tontunamente un periodista le definió como el Tom Waits de la Alameda durante una entrevista en canal Sur y miren, dejando aparte en efecto esa tontería inherente a los periodistas(yo podría haber sido uno de ellos, he aquí una de las cosas que he de agradecerle a mi fracaso en la vida ,porque ahora al menos mi dosis de falsedad se queda sólo para la ración alimenticia  pero no para temas importantes, que son mi paz y mi ideología y mi mapa interno que tiene un ritmo propio y sagrado),pues eso, dejando aparte las chorradas de las etiquetas y los tics simpáticos propios de una entrevista a un creador de andar por la calle, a Fernando Mansilla que así se llama el poeta (DEP) le acogí enseguida en mi pecho por  una frase que dijo, y dijo que estaba estupefacto, sí, eso dijo, que seguía estupefacto ante la vida, y lo decía después de sobrevivir al mundo de la droga en Sevilla en aquellos años duros, (nuevo objetivo, encontrar su novela "Canijo", para poder seguir homenajeándole), después de cumplir sus años, después de haber sido maltratado por jefes de trabajos cutres, después de, después de tantas batallas como sus ojillos transparentes y sus modales nerviosos denotaban.
Seguramente su alma frágil y fuerte como son las almas de los creadores seguirá en estado de estupefacción o quizá ya se ha convertido en un delfín, otra cosa por la que  me identifiqué con él a la pregunta de  qué animal le gustaría ser, y ya después de eso apagué el móvil y me fui a dormir con el desasosiego y la pena de que este hombre que ya tenía un sitio en mi pecho ha dejado de existir en el único plano que conocemos, en un mundo gritón donde cada vez hace falta más gente así y menos de la otra, y yo me entiendo.
Por cierto, para el diario millanense hoy tendría que escribir que tengo un dolor intenso en el ojo derecho porque está explotándome un orzuelo, que me angustia tener que ir a trabajar mañana sin rimmel y sin lentillas, aunque no tanto como volver a asistir al sonido hijoputa del reloj a las seis de la mañana( porque esta semana estoy de mañana otra vez ) y la vida se me va a convertir otra vez en esa toalla sucia que arrastro con los tobillos hasta que llegue el viernes y me alcancen otros compromisos que tampoco me hacen ilusión.
También podría escribir que no hay casi nada que me haga ilusión, excepto momentos sueltos como meterme recién duchada en la cama, o beber la primera cerveza fría sin nada en el estómago, que es cuando hace el efecto de suavizar todo, la amabilidad del universo es entonces la exacta realidad, esto quien lo probó lo sabe, y que estoy pensando en poner la lavadora a las once de la noche, dejarla abandonada como un niño que llora cuando termine el programa y tender por la mañana a eso de las siete, justo antes de irme a trabajar para cumplir ese sentido de mierda que tan bien explica Juanjo en su novela.
Pero como no tengo ese diario ni esa capacidad de trabajo no lo haré, (aunque ahora que me acuerdo, gracias también al libro he recordado el cuaderno precioso que me regaló mi hija en mi cumpleaños y que está sin estrenar, de repente se me ocurre ahora que quizá escribir literatura es incompatible con los procesos de sanación y crecimiento , la vieja idea de la escritura como terapia no resiste ese análisis, a poco que te descuides acabas en el vertedero de los libros de autoayuda que algunos son buenos pero la mayoría no, la mayoría son una mierda que recopila frases positivas como si a fuerza de repetirlas fuera posible ponerse tiritas en el alma ), lo que voy a hacer es seguir admirando a los que escriben y con un poco de suerte conseguir tomarme en serio para seguir con mi amante ciega, que está raída en un distrito de cinco folios pero que bulle de ansiedad por salir a recorrer el mundo.
Hasta se lo he contado a un profe titular de literatura de la universidad que es cliente de mi oficina, como si al hombre le importara mucho. ( aparte de admirar y escuchar frikis, debo decir que soy uno de ellos).
Pero bueno, es porque debo encontrar un libro que publicó la universidad sobre herejes hace un montón de años y no lo encuentro.
Os / me mantendré informada.
Al fin y al cabo el país de las letras que antes fueron ideas es el único sitio al que pertenezco.
En el día de acción de gracias del año del señor Diecinueve, durante unos ventosos y agradables días del mes de junio.

Despedida

Creo que abrí este blog en el año 2009, y hoy decido que lo cierro,once años después;no deja de ser una friolera, teniendo en cuenta la gent...