viernes, 6 de febrero de 2015

El cuerpo de Paulina es inocente


Paulina,ay,la pobre Paulina.

Ahorró todo lo que pudo,se dio palmaditas en la espalda,anotó lo que haría en un cuaderno pequeño de tapas duras y un día se decidió.

Puso todo lo que tenía a sus treinta y seis años en las manos de un doctor experto en taras y se dispuso a despertar a una nueva vida.

Así fue como,en efecto,se levantó un catorce de Marzo con un cuerpo nuevo,media luna en las caderas,una clave de sol en los tobillos y dos melones nacarados sobre el torso.

Al menos eso era lo que decía el doctor,"una maravilla,una auténtica maravilla" según dijo enfáticamente cuando la despidió el día del alta médica,mientras la acompañaba al taxi,porque sólo se podría ver pasadas unas semanas,cuando llegara el momento de quitarse los vendajes.

Le prometió que cuando se desnudara,y pasada ya la lacra de la cicatrización primera,podría apreciar su nueva forma femenina y que hacerlo sería como desenvolver una delicada joya,sacarla de su engorroso papel de seda y echarla a rodar por el mundo para hacerlo más bello.

Paulina esperó pues aquella primavera temprana sentada en un sillón azul,y del sillón a la cama y de la cama al patio,con cortos pasitos,para regar algunas flores,(otras se habían secado durante su estancia en la clínica).

Por fin llegó el gran día y lo prometido por el doctor se cumplió.

Aquellos nuevos paisajes la habían cambiado de sitio en el mapa,la elevaban a una categoría superior,casi podía imaginarse enfundada en cualquier look,ya fuera invernal o de verano,ya todo le quedaría bien.

Rellenaba la funda de todos los jerseys,hacía derrapar el contorno de los vaqueros con curvas de algodón,los botones se dejaban aprisionar encantados por las dulces colinas de aquella magnífica mujer.

La felicidad puede parecerse bastante al champán,es una cosa fútil e inmediata,amarilla casi transparente,que burbujea y chispea en la boca y nada más.

No hace falta más,no deseaba nada más.

Quién iba ni tan siquiera a augurarle que una tarde cualquiera,de nuevo sentada en su sillón azul,desplumada y contenta,mientras se miraba las uñas pintadas de sus lindos pies,al verse de refilón en el cristal de la ventana,tuviera aquella idea curiosa,o más que idea,frase venida a la boca como de repente viene un olor o una canción.

"Mi cuerpo es inocente".

La certeza de que en efecto el cuerpo jamás tuvo la culpa de nada,ni la pudo hacer más feliz o desgraciada o alegre o triste,ni llevarla ni traerla ni desasosegarla,ni por supuesto juzgarla;

más bien fue ella la que decidió denunciarlo,llevarlo a juicio,someterlo a una continua revisión para luego llevarlo a reconstruir en un laboratorio creyendo que así se creaba a sí misma.

Pobre cuerpo,pensó;

cómo voy a lamentar dejarlo cuando me vaya.

Aguantó todo lo que le dije,soportó todos los descontentos,resistió las torturas y me sostuvo sobre dos columnas de fortaleza,igualito que si fuera un templo,la famosa casa del Padre.

A mi alcance,tan despreciado,tan lleno de dolor.

Tan inocente.


3 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

Precioso, Reyes.Magnífico.

Genín dijo...

Jo tia, que buenísima eres... :)
Besos y salud

Jesús Esteve Yagüe dijo...

Hola, me gusta mucho tu blog y tu estilo de escribir. Yo también tengo uno donde opino de distintos temas. Me gustaria que intercambiásemos enlaces, yo ya te he añadido a mi Blogroll. Este es:

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