viernes, 16 de febrero de 2018

Anima mundi

Como  los perros, todo está bien.
Incluso si poniendo lavadoras se te va la mano con el vermú y te clavas algo dentro de la cesta de la ropa sucia y te sangra el dedo, te lo chupas y sigues, porque tienes casi cuarenta y nueve años y te da lo mismo ocho que ochenta porque ya has entendido si no todo muchas cosas, entre ellas la de que todo está bien.
Son pistas que te da el guionista y que si no eres ciego ni tonto ni racionalista extremo (que te dén Eisnstein que sepas que estás siendo malinterpretado como todos) te sirven para declamar la alegría del misterio de la vida, de ésta y de otras, que son como puertas y que sí, que hay cosas raras en estos saquitos de piel muerta y escamas emocionales que somos los humanos, que lo sé yo que sólo soy una trucha sin truco, un pez de río que siempre quiso ser de mar azul, salvaje de océano pero que sin embargo se come las migas de la piscifactoría.
Esta mañana debo contar que durante una revisión oftalmológica de mi desastroso y talentoso legado descendiente, he vuelto a saborear lo insólito, y es que aunque yo tenga la habilidad (por decir algo) de hablar con todo el mundo, y por añadidura conseguir que me cuenten cosas, incluso cuando no me apetece oírlas, de repente me he encontrado contemplando una realidad muy de libro de cuentos, muy de otra dimensión, muy de noticias de más allá de los muros del convento,
Al hablar con el médico de la vista que ve a la princess desde pequeña y decirle que fue él el que le dijo la primera vez que "no tenía nariz para sujetar gafas", y por lo tanto apelar a lo entrañable de la situación, he aquí que el médico, humano al fin, se explaya y nos cuenta que ve crecer a los niños demasiado deprisa, que está empezando a ver a los nietos de ciertos pacientes, y cuando filosofamos sobre el sentido de la vida desembocamos sin remedio en el materialismo y el egoísmo de la cosiedad actual y de ahí a los extremos, y en los extremos nos damos de bruces con la lista de espera de las hermanas de la cruz de Sevilla.
Sí, querida audiencia, me refiero a esa orden cuya adalid es la monjita que puede verse en piedra en la Encarnación, en pleno centro de la ciudad, y cuyo mayor milagro conocido es precisamente la fuerza de la vocación con la que llama a gente a seguir una vida de sacrificio y pobreza.
Me ha contado el hombre que así como existe el extremo egoísta, en el otro lado del cordel está la entrega excesiva con la que muchas mujeres de hoy, algunas  ingenieras y notarias ( no es una exageración) engrosan la lista de espera para ingresar en la orden, cuyo noviciado es tan duro como la infancia en Esparta.
Y sin embargo sólo abandona una de cada diez.
Duermen en el suelo, rechazan "privilegios" como un simple caldo de puchero cuando enferman, están disponibles para quitar mierda a los viejos pobres y apagan su último cigarro justo antes de entrar para no volver nunca jamás, incluso chicas que podrían competir con modelos de pasarela; supongo que lo hacen porque este sistema de mierda no ofrece absolutamente nada a las almas sensibles.
Que ni todo el oropel del mundo podría compensar de la existencia a quien ha decidido no aceptarlo o no encontrar placer en ello.
No he sabido qué decir, yo que pienso y mi princess también, que esto es como lo de las sectas, que finalmente persiguen la abducción del individuo, su disolución en un proyecto más importante y más grande, que cuando entregas tu vida a otros es porque no te han dado nada que te sirva a este lado de la peli, que quien tiene hambre y sed de justicia necesita retos gordos para encontrarle sentido a esta carrera y quien no sirve para enfermar o cargar los hombros de los demás o quien no quiere asumir cegueras estériles, léase patrias o equipos de  fútbol, ha de inmolarse en algo grande y autodestructivo como un escupitajo al mundo carnal.
Anima mundi, nos decían en los textos con los que intentamos tantear la naturaleza de lo que nos rodea, ciegos y sordos en las cavernas , y en muchos sentidos así seguimos, como si no tuviéramos móviles ni ordenadores ni globos aerostáticos ni falsos misterios.
Ninguno como el nuestro propio.
Ese centro de poder y sufrimiento que llamamos alma, y que tantos siguen intentando vender como un saco de huesos y piel y escamas de emoción con precio, fecha y caducidad.
Hoy sé que como un perro, soy inocente, mis ojos ven lo que ven y no ven más nada.
Pero intuir intuyen tanto que no tengo nombre para tanto ni sé cómo se mide.
Y como le dije al oftalmólogo antes de irme, lo que parece claro es que hay más vidas, y en todas debe haber un propósito y un tronco del que salir y al que volver.
Con permiso de la estadística y la ciencia fría como la barriga de un cerdo, que siempre es inocente por defecto, me quito el sombrero ante todas las cosas que no entiendo.
Y por no entender no entiendo ni cómo funciona un arco iris.
Una bombilla.
Un bebé que crece callado en el vientre de una madre yonki.
Un cachorro que lucha por su vida en una cuneta oscura.
La maldad gratuita del ser humano.
La bondad extrema.
El sadismo al que solemos entregarnos.
No entiendo nada de nada.
Cada vez menos, pero mientras tanto escribiré aquí, porque vivo una vida equivocada , pero he de perdonarme por ello.
Nos vemos en los próximos veintiún días.
Empieza un nuevo reto.
Hasta mañana , querida, invisible y seguramente inexistente audiencia.



2 comentarios:

Genín dijo...

De eso nada, monada, el menda, hasta que palme, siempre estará para leerte embelesado.
El caso es que nadie recuerda sus vidas anteriores, por lo que es muy posible que es otra leyenda urbana de esas que tan frecuentes son por las internetes estas... :)
Te veo muy en forma, y me encanta :)
Besos y salud

Isabel dijo...

¿Más vidas? Me encantaría que, como muchos y muchas creen, hubiera infierno para que ardieran los que se han pegado la gran vida aquí a costa de los demás. Y también los que venden por siempre esa salvación eterna, que lo prueben y que no vuelvan, a ver si nos dejan vivir esta vida de andar por casa más tranquilos.

Nada, que lo has dicho muy bien con tu ironía característica, pero yo como tengo más años que tú no quisiera irme tan indignada como suelo estar.

Abrazos.

Carta a una dulce niña cansada de esperar

En las estaciones, en los muelles, en los cuartos apenas iluminados de las posguerras, en los pasillos del instituto, en las antesalas de lo...