jueves, 22 de febrero de 2018

Tempus fugit (Lunes)




Cuando se dio la vuelta, vio que Mayo había terminado.
Con las primeras luces del alba del primer día de Abril había decidido escribir cada día en un pañuelo el verso favorito de Víctor, que se había ido al otro barrio sin avisar dejándola sumida en una estupefacción un tanto verde, difícil de asimilar, como si se hubiera quebrado una rama preciosa que creyó indestructible.
Era sólo un amigo, el amigo que veía en el bar muchas tardes, un compañero con el que criticar a otros, un rayo de bondad sincera bajo una capa de sarcasmo, un montón de adjetivos como cuentas de colores, y de repente enfermó y murió, como siempre ocurre en la vida, sin remedio y sin previo aviso, y lamentó mucho no haberle dicho ciertas cosas de ésas que nunca se dicen.
Natalia y Víctor, Víctor y Natalia, se habían pasado la vida en el refugio de sus ideas, protegidos de las locuras del mundo por los libros y las cervezas y los cafés de media tarde, lejos de la violencia de los primates pero también lejos de la pasión, y resulta que ella aquel día de Abril la echó de menos, echó de menos la rama que acababa de quebrarse, echó de menos haber sido más desordenada, echó de menos ser un primate porque en ese caso no habría tenido nada que lamentar.
Para paliar ese dolor decidió lo de los pañuelos, cuando estuvieran escritos todos los echaría a volar desde el faro del Rompido, donde algún que otro fin de semana habían estado juntos paseando por la arena desnuda de una playa sin agua, allí era todo de color caramelo, recordaba, aunque él hablara de su ex más reciente y ella de su marido hierático que volvía a estar de viaje y se abrigaran los dos con las vestiduras de una falsa amistad, porque quizá era amor maquillado, qué más daba si las conversaciones duraron años y los abrazos también, y las palabras.
En ese sentido tener un amigo es como quedarse en la adolescencia para siempre, y eso es lo que Natalia había perdido; se prometió por lo tanto el homenaje, y empezó escribiendo versos sueltos y luego trozos de poemas, pero le entró una notificación de Facebook y el pañuelo se le cayó de las manos, sólo es un momento, pensó, enseguida vuelvo.
Luego reclamó su atención una foto de una amiga en Instagram y se puso a navegar por mundos de gente muy diferente a ella pero con mucho arte, y volvió a Facebook donde estaban disponibles los últimos poemas de otro amigo, tres artículos sobre el enfoque con el que podemos afrontar la vida, las noticias más recientes del panorama político y un par de vídeos virales, uno de ellos de maltrato animal que por supuesto evitó, y cuando se dio cuenta había pasado la mitad del tiempo que creyó necesario para superar la pérdida de Víctor.
A finales de Mayo, la idea de los pañuelos se había quedado colgada de una percha, en forma de pequeñas sábanas blancas  sin ningún mensaje escrito en ellas.
Quién necesita rituales funerarios cuando hay redes sociales.
Sin embargo, al otro lado de la orilla, Víctor esperaba pacientemente los pañuelos que el mismísimo Caronte le había prometido irle entregando, Guadalquivir arriba, Guadalquivir abajo, cada vez que la dulce Natalia arrojara un verso.
Los que mueren pueden oír las promesas susurradas o sollozadas, pueden anotarlas, pueden esperarlas, pueden creerlas, al fin y al cabo los que se van también pueden echar de menos.
Quién ha dicho que no.



1 comentario:

Genín dijo...

Según para donde vayan, por que como sea al otro barrio, se acabó lo que se daba, y si no, que se lo pregunte a Caronte... :)
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