jueves, 22 de febrero de 2018

Casa Melancolía (Martes)

Llamé a casa Melancolía después de una sesión de mindfulness, una corriente de conocimiento muy de moda en la que aprendemos a parar el pensamiento y si eso no se puede, (que no se puede), al menos parar la vida haciendo trampas, como si un caballo de carrusel aprende dónde está el interruptor que lo detiene todo, aunque no pueda borrar el destino maldito de girar y girar hasta el fin.
Si podemos parar el carrusel, el caballo triste podrá al menos admirar el paisaje, y sentirse algo menos triste, hasta que un día acepte que las cosas son como son y que a pesar de todo tiene un pelaje hermoso, alegres colores y una vida que pasará como todo pasa, y en el transcurso de las vueltas y vueltas quizá poder llegar a sentirse un caballo de verdad.
Entonces el soporte giratorio podrá tener visos de prado verde, las crines pintadas parecerán moverse con el viento, la música enlatada adquirirá un cierto eco de relincho salvaje, auténticos Mustang trotando libres, aunque al abrir los ojos nada haya cambiado y sin embargo habrá cambiado todo.
Por probar, al bajar del carrusel llamé como siempre a casa Melancolía.
Quería sentir la congoja de todo lo perdido, la nostalgia de las cosas que ya no son, el miedo incluso por lo que un día no será.
A veces nos gusta perder la paz abriendo los ojos en la oscuridad para escuchar a nuestros muertos, que eran vivos como nosotros, recordar las conversaciones, las esperanzas, los afanes, volver a estar en las habitaciones que desintegró el tiempo, y sentir esa puñalada de dolor como forma de estar vivo.
Echando de menos mis visitas al pasado, llamé en la tarde del martes a la casa Melancolía.
Pero sabéis qué??
El timbre se había roto.

2 comentarios:

Genín dijo...

Bueno, siempre te queda la posibilidad de llamar con los nudillos del alma, y hasta si te cabreas, darle una patada de mala leche a la puerta... :)
Besos y salud

Reyes dijo...

hola Genín gracias por ser el único en venir, cuándo nos vemos?? Besos y salud

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