martes, 4 de abril de 2017

En la misma calle





En la misma calle pero de otro pueblo saboreó el placer de la sangre.
No hay muchos que lo entiendan , salvo el que haya nacido con el don de la inconsciencia, lastre que sólo se permiten los creyentes.
Paulo tenía poco de apóstol, durante cinco o seis años se la pasó poniendo a la gente en su lugar; para Fausta fue interesante sentirse vengada y poderosa.
Una vez le contó lo de aquel tipo que la molestaba,( su padrastro) desde los trece años hasta los diecisiete, y Paulo lo esperó al viejo a la salida de un bar rozando ya las once de la noche.
Esto siempre lo cuentan las películas, pero Paulo hacía películas de verdad.
Lo esperó y sin mediar palabra lo empujó contra la pared y le abrió el cuello de un machetazo , de tal manera que el viejo se rompió como si fuera un dulce de leche.
"Esto es por cerdo y asqueroso;  acuérdate de agradecerle  al diablo el nombre de la Fausta".
Nunca sabría si el viejo lo escuchó, abrió mucho los ojos y parecía que iba a vomitar y luego se murió vestido de rojo para entrar en el reino de los mierdas.
Otra vez puso debajo de un camión a uno que se pasaba con los chicos del barrio, uno que era medio boxeador y que fue obligado a tragarse su droga antes de que le pasara por encima el tráiler.
Estuvieron tres días limpiando restos,  mientras los operarios barrían los humildes sesos del camello, las marujas que pasaban cerca se santiguaban.
Si alguien cometía alguna tropelía Paulo lo ajusticiaba con una rapidez aséptica.
Tuvo muchos juicios y condenas pero de una manera o de otra siempre volvía a las calles.
A Fausta le gustaba, le gustó durante mucho tiempo; le sirvió para poner dignidad en su vida cuando nadie más se había ocupado de ello.
De antología fue el día del entierro del padrastro, en el que la madre de ella, desconsolada novia, le lloraba con lágrimas que eran rastrojos.
En esa cara arañada , que muchas veces había probado el sabor de la sangre, estampó Fausta su infancia miserable, su reproche viejo como un mar de odio.
Le gustó hasta el último día, en que Paulo decidió que era ella quien le hacía meter tanto la pata, le ponía de los nervios y le hacía pecar.
Cuando la atisbó una tarde desde la esquina , (iba riéndose con otro), decidió que ella también debía probar el sabor de la sangre.
Por mala.
Porque sí.
Porque la vida debe terminar algún día, de algún modo.
Porque todas las calles se parecen y llevan los mismos nombres aunque sean diferentes pueblos.
Porque él no sabía ser hombre de otra manera.



(Foto de Alberto Photo- "Calle de Leganés")

3 comentarios:

Tracy dijo...

Mejor que hombre, macho. No sabía ser macho de otra manera.

Genín dijo...

Que tío mas cabrón -mas que nada por Fausta- pero es de los personajes que caen bien porque ajustician a cabrones mas rastreros que ellos mismos, "luego se murió vestido de rojo para entrar en el reino de los mierdas" eso me ha cautivado y hace que te venere un poquito mas ... :)
Besos y salud

luzbelguerrero dijo...

Es un relato tan categórico, tan lejano al cine de vengadores buenos de los yanquis que puedo disfrutarlo en toda su extensión. Con eso de "irse vestido de rojo" le ha puesto un detalle inolvidable para mí.
Hay gente así, que parecen vengadores hasta que se les acaban las venganzas pendientes; entonces sale a la la luz la motivación última, que se parece más a una psicopatía que a un gesto heroico.
Me sumo a las palabras de Genín ( lo nuestro ya es veneración) y que conste que por una vez no estoy hablando de cuestiones venéreas.

Qué se puede decir

Qué se puede decir a alguien cuando crees que ya lo has dicho todo??